No es nada nuevo, lo admito, pero tengo la sensación de que la costumbre - o la pasión, para ser más preciso - de esplayarse poéticamente, con delirio y fantasía, en las etiquetas con que se visten las botellas de vino de cierta calidad y precio, está en franco aumento.

 

Hay casos donde la contraetiqueta se asemeja más a una gacetillla de prensa dirigida a un público de alto poderío económico y bajo nivel intelectual, que a un honesto resumen de las verdades básicas concernientes al vino que se encuentra dentro de la botella. Las dotes literarias de algún enólogo de bodega parecen ahogar cualquier rastro de conocimiento enológico que podría indicar, aunque por encima, como es el producto que se promociona.

Una contraetiqueta, solo o en conjunto con la etiqueta principal, está obligada por ley, a informar ocho items de información básicas: Procedencia; numero del establecimiento elaborador; numero del establecimiento vendedor (si difiere del anterior); número de análisis del INV; tipo y color del vino; Industria Argentina; volumen (contenido) de la botella. De estos datos posiblemente los único dos que pueden interesar al consumidor de paso es el volumen y el tipo de vino. Lo demás es para los técnicos y los profesionales.

¿Cuáles son los datos que realmente son de interés para el consumidor? Cada uno puede tener pequeñas diferencias, pero creo no equivocarme cuando digo que la(s) uva(s) que componen el vino, su tenor alcohólico y el año de vendimia son los tres factores que más interesan. Para algunos la zona de procedencia de las uvas también puede ser de interés - Vistalba; Luján de Cuyo; Tupungato; Cafayate etc - pero hasta cierto punto.

Hasta aquí, todo bien, pero hay una creciente legión de pseudo literatos gastronómicos técnicos que no pueden frenar sus ambiciones. A los datos básicos nos vemos inundados con información adicional, técnico e imaginativo. Al tenor de azúcar, el pH, la acidez total, la composición del suelo y el sistema de cosecha utilizado, nos encontramos con promesas de sutiles aromas y sabores donde aparentemente dominan los frutos rojos, la vainilla, el chocolate, el tabaco y quién sabe cuántas más sorpresas olfativas y gustativas.

Todo esto no sólo ocupa espacio valioso en la etiqueta, pero - peor todavía - causa confusión y hasta enojo entre ciertos sectores del publico consumidor. Charlando con un taxista hace poco, quien me preguntaba sobre un vino de San Rafael, se quejo que el vino prometía un aroma de frutos del bosque, pero que el no podría encontrar nada más que un sabor algo ácido y áspero. He escuchado decir - en broma o serio, no sé - que cierta persona no bebía tal vino porque prometía fuertes reminiscencias de tabaco, y el estaba en contra del tabaco en todas sus formas.

El tema da para mucho, pero creo que también da para cierta medida de mesura. Que se informe lo esencial y que lo demás lo imagine el quien está bebiendo. Y en cuanto a algunos maridajes que se leen, mejor no comentar.