Entre estos dos productos existe una gran semejanza. Por ejemplo, ambos se producen a partir de un fruto y pueden pertenecer a una denominación de origen. El vino y el aceite de oliva eran de consumo masivo en la Antigüedad, y son el resultado de un fruto (la uva y la aceituna).

 

Además, están directamente influenciados por su variedad y tanto el vino como el aceite de oliva pueden ser de corte (o blend) o de una sóla variedad (o varietal).

Para ambos existe un régimen de Denominación de Origen Controlada (DOC), que identifica la región de donde provienen y premia la calidad y el estilo.

Otro punto en común son las degustaciones, que se realizan de manera profesional o amateur, a tal punto que a la par de la enología ya existe la oleología.

Los vinos se distinguen por su color (rojo, blanco y rosado), pero los aceites de oliva se clasifican por su nivel de frutado: verde para aquellos que tienen aromas herbáceos (alcaucil, frutos verdes), maduro para las aceitunas que fueron cosechadas con posterioridad y que poseen aromas florales (almendra, tilo), y negro (notas de champiñones, chocolate y vainilla) para las que fueron guardadas antes de ser prensadas durante un cierto tiempo en condiciones estrictas de control.