Prospera un turismo específicamente del vino, el llamado Enoturismo, que recorre viñas, bodegas y museos, en las denominaciones de origen que demarcan las distintas zonas de producción. Un turismo que encuentra en el vino uno de los grandes secretos de la felicidad humana. Acompañan con éxito de público y crítica a este turismo constantes iniciativas en marcha, al compás de la carrera hacia la fama que alcanzan las grandes marcas.

Marcas que se desplazan por la geografía nacional e internacional, para aprovechar la excelencia de aquellas tierras que se han acreditado con la excelencia de sus caldos. Un museo del vino como el que se ha abierto en el Castillo de Peñafiel, en Valladolid, para difundir los vinos de la Ribera del Duero, concentra a un público entendido y devoto, que se extasía con estas degustaciones. El vino crece en importancia económica, social, cultural, geográfica... y todo esto atrae a contingentes turísticos perfectamente identificados.

El vino no es solamente un buen negocio cuando se vende calidad. Tampoco es ya un vicio nefando ni siquiera un placer distendido. Es ya un arte sublimado que eleva la entidad de las buenas mesas, de las buenas casas, de las buenas gentes. Son muchos los que viajan sólo por beber vinos de fama en determinadas regiones ya acreditadas. Y en esta tipología viajera, también quienes buscan esos vinos ocultos; esos que el cultivador se reserva y a los que sólo acceden los que logran vencer, con dinero e influencias, la resistencia de estos secretos. Son ésos que se elaboran con más amor y arte, joyas de los grandes santuarios en los que se garantiza una forma exclusiva de vivir con esta compañía de las botellas de lujo.

Estas rutas del Turismo del Vino surgieron al ritmo de la fama que, por imperio de su indudable calidad, impulsaron las grandes reservas en Francia, Italia, España, Portugal, Grecia..., que organizaron la fiesta en "denominaciones de origen" de mayor nombre y estima para grandes colectivos universales: Jérez, Rioja, Ribera, Penedés, y tantos más en toda España que se admiran y atraen, convencidos de que beber a pie de bodega supera al placer de hacerlo a distancia en la botella.

El vino, dice el refranero, es el gran compañero del viaje, pues con él es más intensa la cercanía, la calidad y el fulgor de la amistad. En el vino se condensa el calor del sol, la dulce brisa y sus aromas, el paisaje y sus colores, la tierra fecunda y la mano que los prepara y transforma la uva en mosto, el mosto en vino, el vino en amor, que a los griegos les suscitaba la pasión por la conquista, le explicaba el misterio del mar, les volvía locos por los fastos olímpicos...

Al vino, en fin, se le confiere la gracia del encuentro, la chispa de la conversación, la luz de la inteligencia, el fuego en el amor, la clave de la felicidad, el esplendor de la belleza y tantas cosas como al hombre le acrecientan su entusiasmo por la vida. En poco tiempo, apenas unas décadas, el vino ha multiplicado en España la producción por cinco, su variedad por cincuenta, su calidad por mil, y todo esto, en el vino español, se traduce en una posición preeminente en el patrimonio turístico, que nadie va a destruir por mucho que lo intente.