Los tapones de corcho son un elemento clave en la producción de los vinos, y constituyen el sistema de cierre más extendido. Sin embargo, los crecientes problemas de contaminación del vino causados por el uso de tapones de corcho de mala calidad han llevado a algunos productores a adoptar alternativas de material sintético, aunque quizás no sean la solución adecuada.

La polémica está servida.

La producción de corcho se concentra básicamente en los países del Mediterráneo occidental, en Portugal (55%), España (35%), Marruecos, Córcega y la Cataluña francesa. El denominado "gusto a moho" o "gusto a tapón" del vino no es un problema nuevo, pero se ha agravado en los últimos años debido principalmente a dos razones: el aumento del consumo mundial de vino y el progresivo abandono de los bosques de corcho. Las grandes marcas del Nuevo Mundo se encuentran a la cabeza de los demandantes, pues su filosofía comercial se basa en demostrar y garantizar las cualidades de sus productos.

Los vinos con gusto a moho o a tapón han sido objeto de atención desmesurada, y algunas estimaciones los sitúan hasta un exagerado 15% de la producción total, cuando la realidad se aproximaría más a un 3-5%. En cualquier caso, existe un grave problema, y hasta que esto no se reconoció, la industria del corcho no se dio cuenta de la falta de comunicación que mantenía con su principal cliente: el sector del vino. Los tapones para las botellas de vino representan más de un 90% de las ventas totales de corcho. La injustificada satisfacción de los fabricantes es totalmente incomprensible.

Sin querer entrar en detalles técnicos de botánica, baste decir que la contaminación causada por el corcho procede de un compuesto llamado TCA que se encuentra en la madera, y sobre todo en los alcornoques. La mejor manera de evitarlo es mediante el cuidado y control de la explotación forestal, y el aserrado y tratamiento de la madera. Eso es válido también en el caso de los alcornoques (aunque la corteza de corcho se encuentre dentro de una corteza exterior protectora). Pero el alcornoque tarda 30 años en dar una calidad de corcho apta para la industria del vino, y después de la primera recolección, sólo se repite cada 9 años. Este proceso exige grandes dosis de paciencia, lo que provoca el abandono en el cuidado de los bosques.

Por otro lado, los bosques de alcornoques sirven de guarderías para la cría de jabalíes, los cuales se alimentan de las hierbas y setas salvajes que crecen en ellos y que son la clave para la obtención de los mejores jamones curados. El problema es que estas pesadas criaturas pueden producir un daño irreparable a los árboles jóvenes, hasta el punto de que no pueden generar ingresos hasta pasados los primeros 20 años.

Las ayudas de la UE a los propietarios forestales a lo largo de este período de cultivo han contribuido a aligerarles los costes de inversión, pero aun así, tienen que cercar los bosques, mantenerlos limpios y prohibir la entrada de animales durante 20 años. Estas medidas destinadas a la eliminación de los hongos deberían acompañarse de mejoras en los métodos de selección y en el equipamiento para la esterilización durante el proceso fabricación. Por el momento, los vinicultores se sirven de la tecnología para desechar los tapones de corcho defectuosos (en concreto, lo que hacen es pesarlos). Pero ahí no acaba el problema, pues el TCA también se encuentra en las cajas de madera utilizadas para el envejecimiento de las botellas, razón por la cual están siendo reemplazadas por cajas de acero más caras.

Los vinicultores se encuentran con las manos atadas por la constante demanda de un mejor precio del producto final, y los tapones de corcho, cuyo precio oscila entre 0,05 euros y 0,70 euros la unidad, son un factor crucial del análisis de costes. Para aquellos que apuestan por la máxima calidad ante todo, tanto en el caso de los vinos jóvenes como de los envejecidos en roble, la única solución pasa por pagar lo que haga falta con el fin de reducir en la mayor medida posible el riesgo de contaminación. Los tapones defectuosos pueden causar un daño irreparable y acabar para siempre con la reputación de una marca.

Los fabricantes de tapones insisten en que la producción de corcho es suficiente para satisfacer la demanda de la industria del vino, algo bastante improbable si todos deciden pagar los precios más altos. Pero el problema tiene fácil solución: teniendo en cuenta que el 80% de los vinos en España se vende a menos de 4 euros la botella y se consume en los dos años siguientes a la vendimia, estos vinos deberían llevar cierres sintéticos, ya sea alguno de los muchos productos de conglomerado de corcho que existen, o bien tapones de plástico o de rosca.