Enrique Becerra publica en editorial Almuzara un ensayo sobre gastronomía titulado El gran libro de la tapa y el tapeo. Dice así:"Sucedió en Sevilla, en la calle Sierpes más concretamente, en uno de sus círculos o casinos que en ella abundaban y de los que, todavía hoy, quedan algunos."

 

Corrí­a el siglo XVIII y los socios de esos locales -la flor y nata de la aristocracia y la burguesí­a sevillana- pretendí­an parecerse lo máximo a los ingleses. Lo british estaba de moda. Esos mismos cí­rculos eran copia casi exacta de los clubs británicos.

A la hora del aperitivo, mientras las campanas de la catedral tocaban al ángelus, los botones y recaderos de todos los casinos se esparcí­an por Sierpes y sus alrededores camino de los colmaos para llevarles a los señoritos las copas de vino que les han encargado; generoso (el vino), por supuesto.

El más viejo. El más aromático. Tanto, que la costumbre era verter la última gota del vaso en el blanco e inmaculado pañuelo de hilo a modo de perfume. Madera vieja y especias de Oriente en las entretelas de aquellos prohombres.

Adinerados unos y amojamados otros, pero siempre guardando las apariencias, faltarí­a más, que si no a ver cómo caso a mi hija con el hijo de ese advenedizo de Medinavieja de Villagarcí­a, que todo el mundo sabe que, en realidad, se llama Medina Garcí­a y que el "Vieja" y el "Villa" los fue sumando conforme iba subiendo su cuenta corriente. Cualquier cosa con tal de repintar sus blasones, como más tarde escribirí­a el poeta.

A que no se imaginaban que nuestra reina y amiga la tapa hubiese nacido en este ambiente? Sorpresas que te da la vida.

Y la cosa fue más o menos así­:
-Niño, alárgate al colmado y tráete unas cañas de amontillado.
-¿A cuál don José?
-Al de siempre, no hagas preguntas tontas, y dile al tendero que te tape los vasos con medio pliego de papel de estraza, que hace aire y llega el vino lleno de polvo.
-Volando don José.


Así­ hasta que un dí­a el niño volvió con una novedad.
-Don José, que en el colmao de enfrente tapan las cañas con una lonchita de jamón en vez de con papel.


-¿¡Cómo!? Ya estás tardando en ir a por ellas.
Y así­ fue su nacimiento. Igual en vez de jamón fue de chorizo, de lomo o de queso, el caso es que, ya desde recién nacida, formó el revuelo. Ese mismo polvo que les molestaba a los señoritos en el vino les sabí­a a gloria en la chacina.
Tapa y copa. Copa y tapa. ¿Se dan ustedes cuenta ahora del por qué del tamaño exacto que debe tener la tapa? En cuanto al nombre, ya lo habrán supuesto: Tapa viene de tapar, de tapadera, que, al fin y al cabo, fue el motivo de su nacimiento. Ella nació para tapar el vino, para cuidarlo. Desde el principio están unidos inexorablemente.