Buena parte de las bebidas alcohólicas existentes fueron inventadas o conservadas por monjes. Estos cultivaban en sus huertas plantas y vides, muchas de las cuales figuran ya en la Capitular De Villis, atribuida hasta hace algún tiempo a Carlomagno.

Según estudios recientes sobre el tema, parece que esta ordenanza fue promulgada hacia el año 795 por Luis el Piadoso, hijo del anterior.

A los monasterios, guardianes del saber antiguo en los períodos históricos más oscuros y bárbaros, les debemos también buen número de los elixires más famosos: los dulces y al mismo tiempo fuertes digestivos de tantas y tantas sobremesas, revestidos aún de una cierta aureola terapéutica.

¿Recordamos algunos que aparecen de vez en cuando en nuestras mesas? Benedictine (con una fórmula que sigue siendo un secreto y que se remonta nada menos que al siglo XVI ), Chartreuse (el «secreto» de los cartujos, tan antiguo o más que el anterior) y, siguiendo con los monjes, un licor mucho menos famoso y más cercano: los Aromas de Montserrat, elaborado por los monjes, también en este caso benedictinos, de la venerada basílica catalana.