La mayoría de los aficionados al vino guardan en casa algunas botellas. De vez en cuando, resulta muy recomendable hacer inventario, revisar las etiquetas y degustar aquellas que corren el riesgo de convertirse en simples botellas de coleccionista. 

Toda botella de vino debe tener un par de etiquetas: la del productor y la del consejo regulador.

* En la etiqueta del productor, vemos el año de la cosecha que me habla de la edad del vino y de otras caracterí­sticas. Etiquetas decoloradas nunca son buen presagio porque esto puede indicar que la botella estuvo expuesta a los rayos del sol.

* Por otra parte, la etiqueta del Consejo Regulador marcará aportará información adicional sobre la DO en cuestión.

Independientemente de esto es especialmente importante revisar el corcho. Si el corcho se daña, el vino se daña, porque entra en contacto con el oxí­geno y comienza un proceso de oxidación. En los vinos blancos, esto se nota cuando un vino joven que se supone que sea verdoso o amarillo claro (como dice la etiqueta) es dorado intenso. Las etiquetas suelen mostrar una nota de cata que ayuda a conocer las caracterí­sticas ideales del vino, en su color, olor, texturas y sabor.

La creencia común es que el vino mejora con los años ya ha sido desmitificada en varias ocasiones en este portal. El problema es que el vino común no es el que mejora. No todos los vinos son los que tienen la capacidad de evolucionar en la botella. Y la verdad es que ese tipo de vinos mejora con los años en condiciones especí­ficas (temperatura, humedad, luz, paz, posición de la botella, entre otras). Hasta el mejor de los vinos de guarda puede empeorar con los años si no se almacena adecuadamente. Por esta razón, cuando vamos a comprar en un establecimiento en el que el vino no reciba el trato apropiado, las fechas de elaboración y de entrada al paí­s son incluso más importantes que la marca del vino en cuestión (sobre todo si no te gusta tomar jugo de mora piche o vinagre).

Desgraciadamente, el vino empeora con los años en muchos de los casos Muchas veces, el supermercado, la vinoteca o la licorerí­a de la esquina, mantienen el vino a "temperatura ambiente", es decir, sobre 26˚C. A veces el vino está expuesto directamente a los rayos del sol o cerca de una fuente de calor. En estas condiciones, no hacen falta años para que el vino se dañe, con unos meses basta.

El sol y el calor, así­ como el frí­o excesivo pueden dañar el vino. Por ejemplo, un vino congelado pierde sus propiedades. Es cierto que hay uvas que tienen más resistencia que otras. Sin embargo, para los vinos blancos y los vinos en general, la luz del sol y el calor excesivo son mortales. Además, el calor puede hacer que se dañe el corcho y combinado con la humedad favorece el nacimiento de hongos alrededor de corcho. Y el problema es que esto no se ve sino hasta que quitamos la cápsula de estaño, justo antes de la comida.

Y parafraseando lo que dicen los del WSpectator y los del CM: La clave es saber más para beber mejor por menos.