El creador del vino más exitoso, don Melchor de Concha y Toro, descubridor de los dos mejores valles para vinos blancos, Casablanca y Leyda, vuelve a la carga. En lo comercial, relanza la viña Morandé, hoy propiedad de la familia Yarur. En lo enológico, su cruzada está en el rescate de los vinos del secano costero del valle del Maule.

 

Mientras bebe una copa de pinot noir en el restaurante House of Morandé, en pleno valle de Casablanca, el enólogo Pablo Morandé Lavín repara en un remolino que se forma en los jardines. "Mira, parece un cuadro de Van Gogh", exclama. Un dato revelador, porque algo de Van Gogh tiene Morandé. Medio genio, medio loco; un tipo avanzado para sus tiempos. Pero con un matiz. El pintor impresionista holandés sólo fue reconocido después de muerto. En cambio Morandé, a sus 57 años, es reconocido como uno de los enólogos más influyentes del país. Creador del vino más exitoso, don Melchor de Concha y Toro, hoy en manos de su antiguo discípulo, Enrique Tirado. Y descubridor ?pese a que en un principio nadie le creyó? de los dos mejores valles para vinos blancos: Casablanca y Leyda.

Hoy, la nueva cruzada de este pionero está en el rescate de los vinos de Loncomilla y Cauquenes, en el agreste secano costero del Maule, de donde asegura salen tintos que emocionan. Sin embargo, sus logros enológicos no siempre han ido a la par del éxito empresarial. Dejó Concha y Toro para fundar la viña que lleva su nombre, pero estrategias comerciales demasiado osadas marcaron el destino de la empresa, que tuvo serias dificultades financieras. Pero Morandé no se rinde. Mantiene la fe en su olfato enológico, que ahora lo empuja hacia el Maule, y en quienes actualmente llevan las riendas comerciales de la empresa, que acaba de estrenar cambio de imagen. Hoy, con las deudas saldadas y en manos de la familia Yarur, la viña se juega una nueva oportunidad para transformarse en líder.

VINO POR LAS VENAS

A Pablo Morandé la pasión por el vino le brota por la sangre. Nació entre parras en los campos de la familia Lavín en el Maule, que le vendía uva a la Cooperativa de Cauquenes. Pasó todos los veranos trabajando entre parras y cuando salió del colegio la opción lógica fue Agronomía. Haber partido temprano le ha dado la ventaja de vivir las grandes transformaciones que ha sufrido la industria chilena. Se inició vinificando los viñedos plantados en alta densidad por los enólogos franceses a mediados del siglo pasado. Luego le tocó el paso hacia una viticultura "moderna", copiada de California, con mayor distancia entre hileras, conducción en cruceta que buscaba aumentar la cantidad de uva. Un avance, porque permitió el uso de máquinas en vez de caballos, y por la introducción de nuevas variedades.

Sin embargo, fue un retroceso en calidad. "Con la nueva viña tuvimos que hacer maceraciones, que antes no se hacían porque los vinos salían concentrados desde la vid", recuerda. Pero fue mientras trabajaba en Concha y Toro, a fines de los 70, cuando se le encomendó la misión por la que probablemente será más recordado: buscar un terroir adecuado para vinos blancos, que en esa época venían del Maipo y que los clientes encontraban derechamente malos.

Recorrió Chile hasta que se encontró con Leyda, en San Antonio. Tenía un clima similar al de Carneros en California, pero no había agua y lo desechó. Un poco más al interior estaba Casablanca. Y allí un campo con nombre auspicioso: "La Vinilla". Había existido una pequeña viña, con torontel, moscatel y uva país para hacer vino de misa. Comenzó a estudiar las fechas de brotación de los pastos y se dio cuenta de que aparecían con 20 o 30 días de atraso en relación a Santiago. Es decir, la uva maduraría más lento y conservarían los aromas, que es lo que se busca en los vinos blancos.

No fue una quijotada. Morandé estaba convencido de estar parado en el paraíso de los vinos blancos. Pero nadie le creyó. Ni su jefe, Eduardo Guilisasti padre, ni los propios campesinos de Casablanca. "Hasta el huaso al que le compré me decía que estaba loco, que la viña se iba a helar". No lo escuchó y junto a su hermano Jorge compraron dos campos que hoy abastecen a gran parte de la industria. "Y claro, la primera viña brotó, se heló y el huaso me sacó pica, pero insistí y replanté, para demostrar que no estaba equivocado", recuerda. La primera botella que produjo, la llevó a una reunión de enólogos. Todos pensaron que era un vino de California.

Ahí se selló su primera venta. Ignacio Recabarren, entonces enólogo de Santa Rita (hoy en Concha y Toro), le compró la uva. Fue la primera persona que creyó en el olfato de Morandé, uno muy acertado. Un sólo dato: hoy una hectárea en Casablanca a la orilla de la carretera cuesta US$ 75 mil. Morandé en 1981 pagó US$ 5 mil, cuando la divisa se cotizaba a $39. Mientras esto sucedía y Don Melchor, el clásico cabernet sauvignon de Alto Maipo, se convertía, en las manos de este enólogo, en el vino más reconocido de Chile, superando los 90 puntos en Wine Spectator (hoy ostenta 96), el experto fue invitado por el agricultor Elvio Olave a emprender vuelo a una nueva viña. Y aceptó. "No lo estaba buscando, pero se dio la oportunidad y la tomé. Tenía 46 años, y estaba en un momento de gran reconocimiento profesional".

OSADÍA COMERCIAL

Todo partió en la fábrica de jugos Lourdes, de Elvio Olave (hoy fabricante de aceite de oliva), una compañía que producía concentrado de uva en Isla de Maipo, para jugo o vino. Uno de los principales compradores de este producto para sus líneas de tetra pack era Concha y Toro, donde trabajaba Luis Matte, quien dejó su trabajo para asociarse con Olave. Juntos, decidieron diversificar el negocio y crear una viña. Invitaron a dos empleados de Concha y Toro, Juan Pablo Barrios del área comercial y al enólogo Pablo Morandé a sumarse al negocio. Morandé era el hombre con el know how enológico y la fama y aceptó poner su nombre en la marca. Era el "alma" del proyecto.

Al principio, la empresa fue pensada como una viña sin campos, compradora de uva para la producción de unas 500.000 cajas. Pero les picó el bichito de convertirse en grandes. Apenas formada la viña en 1996, apareció la oportunidad de comprar en Mendoza una planta de concentrados y otra de vinos en quiebra. Hicieron un aumento de capital e invitaron a dos fondos de inversión, Proa, de Moneda Asset Management y AIG Latin American Equity Partners, administrado por el banco Bice, a participar en la empresa. Cada uno puso US$5 millones.

La operación en Argentina fue un desastre. Las quiebras fueron más complicadas de lo presupuestado, hubo cosechas malas, las tasas de interés aumentaron y la empresa tenía un gran desorden interno. "Funcionaban con mucha deuda en proyectos demasiado grandes. Trataron de hacer una compañía binacional cuando ni siquiera tenían el tema ordenado en Chile", cuenta una fuente del mercado. "Fuimos un poco adelantados", reconoce Morandé.

Paralelamente en Chile había que construir rápidamente una bodega para recibir la vendimia de 1997. La uva no podía esperar colgada y el 1 de de noviembre de 1996, en Pelequén, Morandé inició la obra sin tener los permisos municipales. "Fue una locura", recuerda. Alcanzó a terminarla, pero en mayo cuando estaba en la Feria de Londres tratando de vender sus primeros vinos, recibe un llamado telefónico desde Santiago. "Me dicen que hay orden de demolición de la bodega", cuenta. Finalmente obtuvieron los permisos y la bodega se salvó, no así la situación financiera de la empresa que con el desastre de Argentina, sumado a los gastos de la construcción, nuevamente requirió un aumento de capital. "Comercialmente éramos un poco osados.

Estábamos previendo crecimientos explosivos que no se dieron", dice Morandé. Y los costos estaban por las nubes, ya que en vez de trabajar con importadores, tenían oficinas comerciales en los mercados. El fondo AIG Latin American Equity Partners decidió no aportar. "La administración de Luis Matte no daba confianza", cuenta una fuente. Sin embargo, Proa le metió una segunda inyección de capital e invitó a participar a la familia Yarur, dueños del Banco BCI. Los constantes aumentos de capital terminaron por diluir los porcentajes de Matte y Olave, que dejaron la empresa. Luego lo hizo Barrios. Morandé siguió a cargo de los vinos, pero fuera de la propiedad, ya que también fue diluido.

Los Yarur tomaron el control y pusieron a Matías Elton (ex San Pedro) en la gerencia. Su gestión busca convertir la viña en líder. Cambiaron la imagen y están enfocados a vinos de alta calidad de terroirs específicos: Casablanca y Maipo. Para controlar costos, cerraron las oficinas internacionales. Para conquistar a los consumidores, se deshicieron de la imagen provocativa con etiquetas colorinches, llenas de calados y optaron por un diseño simple: Sobre un fondo blanco la silueta de un hombre, parado en un terreno aún no plantado, que mira el horizonte. Una clara alusión al espíritu pionero del enólogo.

Morandé se dedica exclusivamente a los vinos y a ser la imagen de la viña. "Pastelero a tus pasteles", dice hoy. Sin embargo su gran ambición es volver a la propiedad, y para eso estudia traspasar algunos de sus propios campos a la compañía. "Para mí es muy importante estar societariamente en Morandé. Me tocó formarla, he estado en las buenas y las malas y quiero seguir estándolo. Abrigo todas mis esperanzas y sueños dionisíacos en su desarrollo, que alcanzaremos junto a la familia Yarur, a los nuevos viñedos, los proyectos de bodegas y un gran equipo. A los Yarur, les tengo mucho aprecio por haber creído en Morandé, en mí y en la capacidad que tenemos en conjunto", agrega.

Vuelta a las raíces

Los altos y bajos de la empresa no han podido opacar la decisiva influencia de Morandé en la historia del vino chileno. Es cosa de mirar lo que pasa hoy con Don Melchor, que se empina en los 96 puntos en Wine Spectator. Y ver cómo ha cambiado Casablanca, un valle en que pastaban unas pocas vacas, hoy convertido en uno de los terroirs más exitosos del país. Sin embargo el corazón vitivinícola de Morandé hoy vuelve a sus raíces, a Cauquenes, donde crecen antiguas parras de carignan, syrah y sangiovese que su abuelo plantó en su honor cuando nació. Es ahí donde el pionero pone sus fichas para el futuro. "Siento la zona, vivo su humildad, nací de su pobreza y sueño su grandeza. Me da mucho orgullo tener estas viñas tan sabias, que producen uvas como cantando de alegría y se esfuerzan hasta el borde de la muerte.Son muy generosas", relata.

Son vinos frutosos, frescos, simples, pero de cierta rusticidad. Tal como los huasos de campo de la zona. Ahí, en una pequeña casa de adobe, frente a un fogón pasa sus momentos de silencio donde sueña en estos nuevos vinos que probablemente haga junto a sus hijos en formato garaje. Después de lo que hizo en Casablanca y de lo que hoy es Leyda, habrá que darle crédito