Sucedio en en la localidad de Atherton, una de las más exclusivas comarcas de Silicon Valley. Mientras el dueño de casa, a quien no se ha querido identificar, disfrutaba de unas merecidas vacaciones, un número no determinado con rasgos inconfundibles de sibaritas, entraron en la muy segura propiedad que el señor tenía en un delicioso callejón sin salida muy pintoresco. Sin forzar puertas ni ventanas y sin hacer sonar la alarma, no tuvieron inconveniente en ingresar con la aviesa intención, no de llevarse computadoras o aparatos electrónicos, ni dinero, ni joyas, todo eso quedó a salvo. Incursionaron, cual visita guiada en la magnífica bodega, donde a temperatura adecuada descansaba, entre otras, una envidiable colección de los más destacados caldos de Burdeos.

Y dando muestras de un conocimiento propio de enófilos, eligieron muy cuidadosamente a las botellas que despertarían de su tranquila estiba para hacerlas emprender un paseo.

El grupete seleccionado alcanzó la nada despreciable suma de cien mil dólares en vinos, y si tenemos en cuenta que dejaron atrás las cosechas que para los bandidos no ofrecían atractivos superlativos, lo que no significa que no tuvieran lo suyo y que eso importara un costo, sentémonos a deducir, a vuelo de pájaro, a cuánto ascendía el monto que allí se guardaba de noble jugo fermentado.

Crímen Californiano

En lo que dan en llamar el más californiano de los crímenes, los rufianes se alzaron, por ejemplo, con dos mágnum (envases de un litro y medio), un Ch?teau Beychevelle del 59, y un Cabernet del 2002 de Jones Family, vino de culto de Napa Valley; y en total cosecharon 450 botellas incluida una mágnum de Ch?teau Pétrus de 1959 valuada en 11.000 dólares.

Convengamos que como robo es bastante inaudito. Se sabía que se contrataba a exquisitos malhechores para conseguir información sobre adelantos tecnológicos que hubiera desarrollado la competencia, piedras preciosas de gran valía, y cuadros de artistas consagrados, pero invalorables botellas de cosechas excepcionales no era algo usual, hasta ahora.

Como el chocolate para los aztecas, el vino se ha transformado en moneda de cambio o, como dicen en San Francisco, en oro líquido. En ciertos círculos resulta una inversión habitual, que rendirá sus frutos cuando el paso del tiempo se traduzca en una cotización ascendente de las cosechas más requeridas y más escasas.

No cabe duda que lo que tienta a los ladrones es la posibilidad de ubicar las botellas a precios siderales, si pensamos que las principales casas de remate en las subastas del año pasado sumaron 240 millones de dólares. Y ya que no es imposible que en un mercado como el neoyorquino se arregle una transacción sin que sea detectada, convengamos que los cacos están de parabienes con el botín que consiguieron.

A tal punto está cambiando el mundo del vino que una de las últimas denuncias que ha llamado la atención de los productores, tiene que ver con la falsificación de etiquetas que se pegan a botellas cuyo contenido nada tiene que ver con lo que anuncian, pero que se venden por buenas.

El seguro para bodegas es algo que las compañías ofrecen desde hace ya bastante tiempo, pero generalmente el miedo tenía que ver con incendios o derrumbes. Sin embargo, que el robo es algo más frecuente de lo pensado lo delata la parafernalia de sistemas de seguridad con que se protegen las cavas, sistemas de reconocimiento de voces y huellas digitales, o rayos láser que disparan alarmas como en las películas de espionaje. Estos métodos no son ajenos a los presupuestos que manejan los diseñadores de bodegas particulares, comentó Tod Ban, quien acaba de terminar un trabajo para que un coleccionista guardara sus 27.000 botellas.

Objeto de devoción

El suceso delictivo tiene obsesionada a la región, donde el buen vino es objeto de devoción y requisito indispensable para sentarse a una mesa, y por supuesto da lugar a todo tipo de conjeturas. Entre ellas, una de las que cuenta con más partidarios considera que los perpetradores sabían muy bien que contaban con tiempo para hacer su changuita sin ser molestados, y que conocían de antemano qué era lo que iban a encontrar en la bodega. O sea, les pasaron el soplo.

Por eso siempre digo, guardar un poco está bien, pero lo mejor es tomarlo, porque una vez descorchado quién te quita lo degustado.