La ingesta es poca en este país, aunque se incrementa alrededor de un 25% por año. Los productores se escudan en los elevados aranceles aplicados al vino importado para mejorar sus ventas. Una veintena de bodegas indias lucha contra la falta de tradición, las creencias religiosas y el calor para producir vino entre árboles de mango, aprovechando el creciente consumo de una clase media ávida de signos de distinción. En un país donde las temperaturas llegan a alcanzar los 50 grados, curiosamente ya había viñedos hace 5.000 años y hoy los productores locales se escudan en los elevados aranceles aplicados al vino importado (hasta el 250 por ciento) para mejorar sus ventas.

El ''Burdeos'' de la India está en Nashik, en el estado de Maharashtra, al suroeste del país, donde las viñas se encuentran a 600 metros de altitud y, sobre todo, se cultivan durante el invierno, cuando los termómetros registran temperaturas adecuadas.

Allí los turistas y curiosos pueden acercarse a unas cuantas bodegas para probar un Chardonnay, un Shyraz, un Cabernet Sauvignon o un champán ''made in India'', algunos con nombres bastante exóticos.

Puede decirse que la India, como otros países ajenos en principio a la cultura del vino, se convirtió en un laboratorio de la globalización que experimenta con este producto, cada vez menos elitista y más un fenómeno de masas.

En la India los avances son pequeños en términos absolutos: el consumo de vino es de apenas 4.5 mililitros por habitante al año -una minucia comparado con los 42 litros de Francia-, se producen 400.000 cajas al año y hay 125.000 hectáreas con uva cultivada, de las que sólo el uno por ciento se dedica al vino.

Cada año el consumo de vino aumenta alrededor de un 25% en la India.