Antes de explicar la relación existente entre estos placeres tan mundanos aconsejamos disfrutar de un vino otorgándole un espacio y un tiempo especial.

Dedicar nuestro empeño y valientemente dejarnos arrastrar por caminos que no son los más recorridos. El progreso muchas veces no está adelante, la historia tiene retornos, y tal vez en algún periodo impreciso de la misma equivocamos el recorrido.

Los griegos son un significante, muchas veces confuso, que se utiliza para denotar este avance hacia atrás. Ellos mismos creaban unos dioses vinculados a sus debilidades, se podían ver en ellos. Geoges Bataille afirma: "Dionisio está esencialmente ligado a la fiesta. Dionisio es el dios de la fiesta, el dios de la transgresión religiosa. Por lo general se considera a Dionisio como el dios de la vid y de la ebriedad. Dionisio es un dios ebrio, un dios cuya esencia divina es la locura.

Uno tiene que verse en la vida que lleva, buscar dentro de si mismo la cuerdas que logran mejor música. Estos tiempos de anonimato y verborragia, nos empujan a una soledad entre multitudes y a los ya clásicos silencios gritados. Pareciera como si la única opción fuese evadirnos, atiborrarnos con drogas y alcohol hasta darnos cuenta que nuestra vida ya no nos pertenece. Estamos a tiempo, sólo hay que volverle a dar valor a cosas como la amistad, el placer y el saber.

Degustar es una tarea artística, es diferente a la cata que es más profesional. En ella se prueba una parte pequeña de mucha variedad y se busca defectos, detalles imperceptibles para muchos de los mortales. La mujer como el vino es un producto de la tierra, adorado por los hombres desde el comienzo de los tiempos.

El vino no es más que un aditivo al ambiente perfecto, al momento y situación de encontrar complicidad entre parejas, donde la moderación evita males mayores si se diesen, y atrae risas y buenos recuerdos.