Excesiva mezcolanza y acopio en la bodega real. Don Juan Carlos, víctima de la inagotable generosidad de sus súbditos, se ha visto obligado a encargar una catalogación de los vinos que llenan hasta los topes la bodega del Palacio de la Zarzuela en pos de un sencillo objetivo: saber cuáles son verdaderamente excelentes, regalos fruto de una amistad y admiración sincera, y de cuáles puede desprenderse sin la más mínima amargura.

Tamaño trabajo de reordenación ha recaído sobre los dueños de la antigua Taberna Laredo, sin duda una de las mejores tascas fashion de la capital del Reino, una casa de bebidas con 300 referencias que hacía las delicias de los amantes de los caldos de calidad y de quienes buscaban, adicionalmente, un acompañamiento de productos naturales en la barra o el comedor.

Al frente de la misma, los hermanos Laredo, Javier, en la barra, y David, en el comedor, quienes lograron posicionarse con indiscutible éxito entre una clientela prolija en políticos y empresarios, el tipo de clientes que buscan lo que hoy es más demandado: un local discreto con producto de calidad sin importar en exceso el precio.

Su fama corrió por los mentideros de la capital hasta llegar a oídos del Monarca. El antiguo comedor era diminuto, conseguir una reserva, difícil, y ya sabemos todos cómo es el alma humana: tiende a la envida, sana en este caso. Los Laredo servían allí un salmorejo cordobés con jamón de bellota considerado como uno de los mejores de Madrid. Un tanto caro, decían algunos, pero insuperable.

Fama merecida, decíamos, hasta el punto de que, en vista de su éxito en estos tiempos de zozobra, los hermanos estrenaron nuevo local la pasada canícula en la calle Doctor Castelo; acortaron el nombre original del establecimiento para rebautizarlo (ahora se llama, simplemente, Laredo) y agrandaron la cocina y el comedor. Unos winners, en definitiva. Si el rey Juan Carlos quería un trabajo bien hecho, esta vez ha dado en el clavo.

Fuente: http://blogs.elconfidencial.com