El FBI investiga la cada vez más frecuente comercialización de botellas de caldos falsificadas entre coleccionistas y casas de subastas. Al zumo de la uva fermentado se le ha venido atribuyendo desde los albores de la civilización cualidades de impulsar la veracidad, por lo menos en lo referente a su consumo. 'In vino veritas', dice el refrán; en el vino está la verdad. Pero toda esa tradición de autenticidad parece estar eludiendo al muy especulativo mercado de los vinos de colección, con epicentro en Nueva York, donde cada vez más se comercializan, incluso a través de reputadas casas de subasta, codiciadas botellas rellenas no precisamente de cosechas legendarias sino de garrafón.

Estos fraudes vitivinícolas han llegado a tal nivel de descaro que fiscales federales, con ayuda de un gran jurado y agentes del FBI especializados en falsificaciones de obras de arte, han descorchado una extensa pesquisa criminal.

La ofensiva de las autoridades de Estados Unidos, divulgada esta semana por el 'Wall Street Journal', incluye citaciones a famosos coleccionistas de vino y también a empresas de subastas como Christie's, Sotheby's y Zachys.

La fiscalía trata de determinar si las empresas y personas implicadas en estas transacciones fraudulentas han vendido botellas pese a tener dudas sobre su autenticidad, lo que podría traducirse en ejemplares penas de cárcel.

Todos estos turbios manejos de gato por liebre se han visto alentados en los últimos años con la suntuaria fiebre consumista de objetos de lujo asociada con los históricos beneficios y bonos de la industria financiera de Wall Street. Alegría de gasto, con mucho de nuevo rico, que se habría traducido en una multiplicación de los clientes dispuestos a pagar sin pestañear mil euros por una sola botella de colección, especialmente de caldos franceses de Burdeos.


¿Caldos con historia?

De acuerdo a recientes estimaciones publicadas por la revista 'Wine Spectator', lectura obligada para el 'boom' del vino en Estados Unidos, es posible que hasta un 5% de las botellas históricas vendidas privadamente o en subasta sean falsas. Sospecha que crea serias dudas sobre un mercado multimillonario y que por el momento no ha sabido conjurar dudas sobre la autenticidad de su oferta.

Entre los vinos que más se prestan a este tipo de fraudes se encuentran variedades de caldos de la Toscana</personname /> italiana como el Sassicaia, el Ch"teau Mouton Rothschild, Pétrus, Domaine de la Romanée-Conti</personname /> de Francia, e incluso los Penfolds australianos. Hay una tendencia demostrada a falsificar botellas de formatos grandes con mínima producción, del tipo 'magnum', que pueden fácilmente superar en subasta el listón de los 10.000 euros.

William Koch, un millonario coleccionista de vinos, ha sido de los primeros en presionar contra este tipo de estafas al querellarse el año pasado en los tribunales de Nueva York contra el comerciante germano Ardí Rodenstock. Le acusaba de vender botellas falsificadas de Ch"teau Lafite del siglo XVIII, descubiertas supuestamente en una tapiada bodega de París y atribuidas a Thomas Jefferson, el tercer presidente de Estados Unidos y enviado diplomático a Francia. El vendedor alemán también habría ofrecido partidas atribuidas al zar Nicolás II de Rusia.