¿Cuántas veces nos ha pasado que no terminamos una botella de vino? Ubiquémonos un momento en esa botella de vino tinto de calidad abierta la noche anterior, de la que se ha bebido sólo la mitad. Hay extremistas que piensan que ésta, ya descorchada, está destinada a morir, pero con algo de cuidado y nuestros consejos tendrás opciones interesantes.

 

No hay nada peor que dejar un buen vino abierto y quedarse con la duda, que más que eso, es remordimiento, sobre lo qué pasará con él mañana o dos días después. Lo aconsejable, realmente es acabar con la botella, compartirla toda, no arriesgarse, disfrutarla hasta la última copa.



Al abrir ésta, el oxígeno comienza a trabajar sobre el vino, de entrada benéficamente, dado que contribuye a que éste despierte, muestre sus aromas y su mejor expresión. Pero al pasar las horas y si no se alcanza a despachar el frasco completo, el vino comienza a perder cualidades, triste e inevitablemente.

Mal tapado y perdido a su suerte, sus aromas y su sabor, perecerán. Un corcho, sin embargo, bien recolocado, permite conservar algunos días, guardados en la nevera, los blancos jóvenes. Los tintos ligeros y los rosados pueden durar unos dos días, siempre y cuando la botella esté llena, por lo menos, hasta la mitad. Los vinos tintos con más cuerpo tienen la virtud de durar y de hasta mejorar, por más tiempo, sin embargo, ya al cuarto o quinto día, su frescura y vigor, comienza a fenecer.

Otra alternativa para preservar ese vino que quedó es vertiéndolo en una botella más pequeña de 500 o 350 ml para taparla bien con el corcho o de ser el caso con tapas de rosca que algunas de estas botellitas traen.

Pero el método más práctico y seguro para conservar el vino ya abierto es extraerle el oxígeno lo más que se pueda. Esto se logra con el vacuvin, una bomba, con aspecto de sacacorcho con la que se saca el aire, tapándose la botella empezada, con unos tapones de goma. Hay quienes creen en este vacío precario. Funciona pero hasta cierto punto.

No hay ningún recurso que conserve indefinidamente una botella abierta. La solución más segura, sencillamente, es abrir esa botella cuando esté seguro de acabársela en la mejor de las compañías.

Con los restos, también se puede jugar a hacer cortes, mezclando, por ejemplo, un poquito de merlot con otro de cabernet sauvignon, es divertido y nos hace entender ese juego parecido a la alquimia, oficio de los enólogos, que es hacer vino.

Los vinos que mejor aguantan después de abiertos son los dulces licorosos como los oportos y jereces, que dado su nivel alto de alcohol son más resistentes a los embates del oxígeno. Un fino de jerez o un porto ruby, son perfectos candidatos a estar siempre listos en la nevera para calmar la sed.