El Diccionario de la Lengua Española define el término etiqueta como «aquella marca, señal o marbete que se coloca en un objeto o en una mercancía para su identificación, valoración o clasificación», entre otras características destacables. La utilización social y masiva de la publicidad por parte de las bodegas de la zona viene a coincidir cronológicamente en el último cuarto del siglo XIX, con la generalización del embotellado de los vinos de nuestra tierra. Los asuntos tratados han sido muy variados, pero la mayor parte de estas etiquetas han reflejado en su universo iconográfico la ruptura ideológica y mental que sufrió la sociedad europea a partir del siglo XIX. Para ello se reforzaron, según el profesor Ramos Santana, «los sentimientos localistas y regionalistas y se impuso la defensa de la tradición de cada país cobrando fuerza el carácter de reafirmación de lo nacional y de las costumbres, usos y tradiciones».

 

La tauromaquia, el caballo, la religión, personajes y hechos relevantes de nuestra historia, las fiestas populares, el propio mundo del vino y, cómo no, el folclore, éste último representado por la música y el baile con más difusión internacional, el flamenco, fueron objeto de reinterpretación en las etiquetas que adornaron el oscuro cristal de las botellas que contenían el delicioso néctar jerezano.

La celebración durante estos días pasados de la XI edición del Festival de Jerez nos invita a realizar un breve repaso al tratamiento del imaginario flamenco a través de este particular medio publicitario que, increíblemente, nunca había sido tratado en los diferentes artículos y reportajes que periodistas y expertos han escrito desde que se instituyó en nuestra ciudad tan prestigioso evento musical y cultural.

A lo largo de más de un siglo es posible estudiar la evolución del arte flamenco y sus intérpretes por medio de la visión que los bodegueros del Marco y los creativos a los que se les encomendaba su diseño plasmaban en este trozo de papel.

De esta manera, la joven Lolita Flores gozó de ese privilegio en dos de ellas para la empresa Becerra, como otra paisana, Tía Anica La Piriñaca, en un vinagre. Sin olvidar a Pastora Imperio en la manzanilla fina pasada de la bodega sanluqueña Sucesores de Vicente Romero.

Un valor añadido, por su antigüedad y calidad de impresión, son las que retratan con bellos colores a aquellas pioneras de los cafés cantantes de principio de siglo: Juana La Macarrona, La 'ueda, La Coquinera, Enriqueta La Macaca o Carmen Borbolla.

La única representación masculina de artista flamenco la hallamos en la de Florido Hermanos, para su dulce selecto, Pepe Pinto.

Los nombres de diferentes palos tienen su sitio en el etiquetado vinatero: Bujería para un fino de Palomino&Vergara, Martinete para la Manzanilla de José Jurado, o Fandango para el oloroso de Flores y Hermanos de El Puerto de Santa María. A éstos hay que unir las de otras marcas: Alegría, Petenera, Seguidilla, Bolero y Saeta.

Otras imágenes de interés para el tema tratado son las etiquetas que reflejan escenas y momentos de baile como: Olé, de Lacave; La fiesta, de Castillo Baquero, o Cruz de Mayo de Bodegas Regionales

Para ilustrar el artículo hemos reproducido la imagen de una bella etiqueta que la histórica bodega CZ Rivero encargó en 1940 al artista jerezano Carlos González Ragel (1899-1969), para su manzanilla La Tarara. Un personaje femenino retratado en la canción popular española y que Federico García Lorca sublimó en su poema del mismo nombre. «La Tarara, sí;/ la tarara, no; / la Tarara, niña, que la he visto yo/... Luce mi Tarara / su cola de seda /sobre las retamas/ y la hierbabuena. / Ay, la Tarara loca. / Mueve, la cintura / para los muchachos de las aceitunas».

En otra ocasión, ya que no pretendemos ser excluyentes en este punto, hablaremos de cómo otros vinos de la geografía andaluza, los de Huelva, Montilla-Moriles y Málaga, representaron también esta manifestación artística andaluza por medio del etiquetado, que no por humilde ha jugado un papel tan importante en la difusión y promoción del flamenco.