En el corazón de La Mancha y para disfrutar de su latido es preciso despojarse de la prisa y dejar que su luz invada los sentidos. En Belmonte, desde la torre más alta de su castillo, se puede vislumbrar el paisaje manchego que Miguel de Cervantes recreó hace cuatrocientos años en su inmortal obra Don Quijote de La Mancha. Este castillo de estilo gótico, donde vivió el Infante Don Juan Manuel, es uno de los más hermosos de España, y corona la villa de Belmonte, cuna de Fray Luis de León. El extraordinario conjunto monumental, con importantes edificios civiles y religiosos, delata el pasado esplendor de esta acogedora localidad que muestra, orgullosa, la herencia de su historia.

A pocos kilómetros se encuentra otro pueblo de La Mancha inmortalizado gracias a sus molinos de viento, Mota del Cuervo. Imágenes en el horizonte que Alonso Quijano confundió con gigantes y que hoy suponen la seña de identidad de villas como Campo de Criptana y Herencia, junto a los inmensos viñedos que las rodean. La gran llanura manchega, de belleza austera, pero que esconde mucho más de lo que el viajero imagina, alberga a gentes deseosas de mostrar el encanto de esta tierra.

La pluma de Cervantes convirtió esta comarca en reino de caballeros y princesas, y unió para siempre a El Toboso con Dulcinea, el amor platónico de Don Quijote. Hoy se puede visitar en este típico pueblo
manchego de casas encaladas el museo cervantino y un palacio tradicional manchego que, según los lugareños, fue la casa de Aldonza Lorenzo, a la que el Caballero de la Triste Figura juró amor eterno.

La Mancha se adentra en la provincia de Ciudad Real y se llega a Alcázar de San Juan, uno de losmayores núcleos de población de la comarca y de larga historia,  que se remonta a los tiempos en los que se
encontraba en la vía romana que unía Mérida y Zaragoza. Al-kazar, como la conocían los árabes, tiene vestigios de todas las civilizaciones que han dejado su huella en este enclave manchego. Y Campo de Criptana, donde Don Quijote libró la batalla frente a los gigantes que resultaron ser molinos, y que hoy componen la más típica estampa de La Mancha en los libros de historia. Diez gigantes con aspas bautizados como Burleta, Infante y Sardinero convertidos con el paso del tiempo en museos de la Labranza, del Vino y la Poesía.

En Herencia se encuentra el Convento de Nuestra Señora de la Merced fundado por Don Juan de Austria, hijo del rey Felipe IV, en 1656. Como muestra de la arquitectura manchega es obligado
visitar La Casa de Herencia y el pasadizo elevado que la une con la Iglesia de la Merced. Y cómo no, los molinos de viento, desde los que se divisa el mar de viñas de la llanura manchega.