El retsina es un vino blanco al que le suponen 2.000 años de antigüedad, que huele y sabe rabiosamente a resina de pino, según parece porque ello ayudaba antaño a su conservación. A priori resulta duro que algo así pueda ser bebible, pero si un pueblo mantiene algo durante 30 siglos es porque merece conservarse. Un sabor único tuvo su origen en la práctica de sellar los recipientes del vino, particularmente ánforas, con la resina del pino de Alepo en épocas antiguas.

Antes de la invención de la botella de cristal impermeable, el oxígeno, al estar en contacto con el vino, hacía que éste se estropeara en poco tiempo. La resina del pino ayudó a bloquear la entrada del aire en los recipientes y, a la vez, infundía al vino el aroma de la resina.

Los romanos comenzaron a utilizar barriles en el siglo III, evitando así el uso enológico de la resina como conservador, pero el sabor se había vuelto tan popular que su consumo es, todavía hoy, extenso y común.

En Grecia, la retsina local se produce por todo el país. Centros de producción importantes se localizan alrededor de Ática, Beocia y Eubea. La Unión Europea califica al retsina como Denominación de Origen Protegida y Denominación Tradicional de Grecia y partes de las regiones del sur de Chipre. Esta protección significa, por ejemplo, que un vino australiano, hecho en el sur de Australia, se puede llamar "vino resinado", pero no "retsina".