Nada menos que en el año 996, un grupo de monjes se instalaron en la Montaña de San Martín y recuperaron los antiguos viñedos de tiempo de los romanos. Más de mil años después, sus sucesores siguen siendo vinicultores. O mejor dicho, vuelven a serlo. Hubo dos períodos de interrupción: entre 1550 y 1638, cuando los turcos dominaron la región y prohibieron los viñedos, y después de la Segunda Guerra Mundial.

 

Pero hace algunos años, los monjes, con la colaboración del Banco de Comercio Exterior húngaro, reiniciaron esta empresa. Los primeros ejemplos de producción vinícola en el Mediterráneo se encuentran, según hallazgos arqueológicos, en Chipre.

Lo cierto es que supera en edad a Château de Meursault en la Borgoña (fundado en el siglo XI), a Barone Ricasoli (1141), a Chorherrenstift Klosterneuburg (1114), a los castillos alemanes de Vollrad, Johanisberg y Walhausen, y a la bodega Staatlitcher Hofkeller (todas del siglo XII).

Sin embargo, algunos especialistas ubican su origen en el antiguo Egipto faraónico, y algunos conocedores hablan de Turquía como la cuna del vino. Otras fuentes sitúan al vino más antiguo, en el encontrado en una vasija de Ají Firuz Tepe, en Irán, con una antigüedad calculada entre 5 000 y 5 500 años antes de Cristo.