La prueba más evidente de que la luz afecta al vino es dejar una botella de vino blanco en el exterior durante unas cuantas semanas en verano. Rápidamente comprobarás que ese amarillo brillante y pajizo pasará a tener un color más dorado.

La luz solar puede producir alteraciones y acentuar los fenómenos oxidativos del vino.

El vino es fotosensible. Según la intensidad del color y matiz del vidrio la botella dejará pasar más o menos radiaciones del espectro. Las botellas transparentes detienen las radiaciones ultravioletas y parcialmente las violetas, dejando pasar las demás. Las verdes interrumpen mejor las ultravioletas y el violeta, dejan pasar poco las azules y mucho las amarillas.

Las tonalidades del vidrio varían según el tipo de vino. Las botellas transparentes o de leves tonalidades se han venido utilizando para los blancos, rosados y tinos jóvenes por ser vinos de consumo inmediato y además por un elemento de marketing. En muchas ocasiones se compra por el color. Los tonos más o menos dorados, verdosos o rosáceos influyen en el consumidor a la hora de decidirse por un vino u otro.

Los tonos verdes se emplean para los que se elaboran con algún tipo de crianza y los muy oscuros se reservan a los grandes vinos, los que pueden ser almacenados durante años. Eso no quiere decir que se encuentren, por ejemplo, botellas oscuras para un vino blanco, de hecho algunos de ellos merecen ser bien guardados. El caso de los finos y manzanillas es particular, aunque son vinos que hay que consumir una vez que se embotellen les afecta mucho la luz, por eso la botella jerezana es oscura.