Por Carlos Rodríguez. Los sentimientos y las sensaciones últimamente se entrecruzan y se envuelven como cuando mi abuela liaba blanca lana con aquella especie de peonza y se mezclan en mi cabeza en contra de mis deseos, como los rosados que querían imponernos desde la vieja Europa.

 

No se han dado cuenta que la verdadera vieja Europa en esto del vino es la que ha tenido que ponerse en pie, colocarse la coraza y sacar el espadón cual Cid, dejándome un postgusto vinícola agridulce probablemente inducido por la tristeza que aún circula por mi cuerpo, aún confesando que el hormigueo que recorre mi piel ya venía de más atrás.

Me siento dual, por un lado quiero seguir pensando que seguiré cruzandome con grandes vinos, algunos nuevos otros viejos conocidos de viaje, y por otro, cada vez no sé si por exigencia o por desazón (en el sentido de pesadumbre e inquietud interior) me encuentro menos sorprendido cuando abro una y otra botella, y lo digo después de escribir de un par de vinos que gracias a Dios se han salido del circuito que vuelta tras vuelta como si de Montecarlo se tratase aburre, pero creo que todo ello ha motivado que me encuentre en una espiral de cierta tristeza y rareza vinícola, no sé si el ingrato día que hoy golpea mis ventanales o la música de James Morrison influyen en todo esto.
La suerte como siempre no será esquiva y sé que volveran las magníficas botellas, me tendré

que reiterar en mi política de antaño, un poco olvidada ultimamente, de probar cosas nuevas que le den un giro antihorario a la peonza y nos ayuden a desenrollar el ovillo, tendré llegado ese momento y dado que en mis vinotecas comienzan a verse más tristes huecos vacíos que oscuros huecos llenos, lanzarme de nuevo a la profunda fosa marina del vino e intentar extraer del fondo los mejores tesoros que me devuelvan a la certeza, a la senda, a esa verdad absoluta de que el mejor vino está aún por llegar y con ello encontrar la salida a este pequeño autolaberinto vinícola en el que siento que ahora me encuentro y que ha motivado esta desazón.

Carlos Rodriguez

Roco & Wines