El vino se consagra en sus santuarios y sólo allí se saborea en todo su esplendor. Tomarse unos vinos en cualquier taberna de la calle del Laurel, en el casco antiguo de Logroño, picando unos champiñones para apaciguar los bríos de los crianzas que allí despachan en copas altas, es un placer al que ningún amante del vino debería renunciar.

 

Taberna a taberna, el vino dadivoso eleva las voces de la gente y la temperatura de la calle, donde se agolpan los adoradores de los vinos de La Rioja que ya no caben en las tascas. Mejor en el invierno frí­o de Logroño.

Levantar un catavinos, apretando bien la base para no calentar el vino, es un acontecimiento que tiene lugar en las infinitas tabernas de Sevilla todos los dí­as. Un fino en la calle Betis, junto al puente de Triana, en la orilla misma del Guadalquivir es como consagrar el vino de Jerez. Es un instante único de la primavera.

Porque los vinos finos nacen en Jerez pero mueren en Sevilla, en el rí­o grande.

Por toda España, los amantes del vino se entregan a su devoción en los rincones más entrañables.

Unos buenos vinos de La Ribera del Guadiana, en la romana Mérida junto a un papel de jamón ibérico de Extremadura se puede encontrar en cualquier taberna de los alrededores de la calle Santa Eulalia, no cuesta nada y nos lo da todo.

Merodear por el centro de Valladolid en busca de buen vino siempre tiene recompensa. El camarero se te acercará con una botella recién abierta y una copa alta mientras te abres paso entre las gentes y las voces que llenan cualquier taberna del centro; allí­ no se pregunta qué vino quieres y ofenderí­as al tabernero si pides otra denominación distinta de los vinos de La Ribera del Duero. Si la cosa nos da para sentarnos ante un lechazo...

Jumilla y pulpo es un buen maridaje que sólo se da en los bares de Murcia, o mejor en la calle, de pié, charlataneando con los amigos al sol amable del sureste.

En Barcelona, los japoneses hacen fotografí­as a los puestos (paradas) del mercado de La Boquerí­a. Mientras, en los enjutos bares del interior y de los alrededores, los paseantes detienen su prisa para adentrarse uno de los vinos de las innumerables denominaciones de origen que Cataluña tiene. Yo me quedo con un potente Priorato y unas gambas bermejas bien planchadas.


España está llena de momentos del vino, de sitios del vino...

El Guadalquivir desemboca junto a los bares y bodegas de Bajo de Guí­a, en Sanlúcar de Barrameda. Sus aguas cansadas ya estuvieron tomando vinos de Montilla-Moriles en la Córdoba califa y vinos de Jerez en Triana. Ahora lo despedimos levantando una Manzanilla frí­a frente a su marisma. Toda la luz del sur destella en nuestro vaso.

A medio dí­a, buscando marisco gallego, nos entonamos unos buenos vinos de Albariño junto a la Plaza de Maria Pita, en La Coruña. Unas ostras de San Xenxo nos saben a todo el mar y el albariño a toda la tierra húmeda de Galicia; ya estamos en el cielo. Mejor si llueve.

Valdepeñas es tierra de vinos ancestrales. Buenos vinos que no siempre han estado valorados como debieran. Un reserva bien decantado y unos tacos de queso manchego son un placer inexcusable cuando se viaja entre Andalucí­a y Castilla.

Una experiencia única resulta cuando nos encontramos en un lugar único. Por eso, tomarnos unos vinos de Málaga, unos buenos Pedro Ximénez, en "La Antigua Casa del Guardia" de la capital de la Costa del Sol es una experiencia vital para cualquier amante de los vinos de este paí­s. En la misma Puerta del Mar, rodeados de barricas de roble nos pedimos unas cigalitas de la bahí­a y nos entonamos con varios "pedritos" (como aquí­ se les llama cariñosamente a estos vinos). Despacioseando, apuramos en nuestro vaso toda la historia del sur en una de las tabernas más antiguas de España; un auténtico santuario de nuestros vinos.

Por Embajadores, en el Madrid de siempre, nos vamos de vinos. Sus nuevos caldos, menos recios, más al gusto de ahora, han mejorado mucho y nos invitan a una charla tabernera entre amigos. Para bajarlos bien, yo me pido unos callos.

En pleno verano, cuando las mujeres llenan las playas y los hombres se cansan de pedir un vino malo en el chiringuito (de esos a los que hay que echarles gaseosa de naranja para no morir envenenados) os cuento un sitio... Bodega "Pajarete", en Benálmádena (Málaga), casi en Benalmádena Costa. Escondidos de los güiris y los pareos, en esta oscura taberna nos pedimos un "pintaito" (mezcla de vino fino y pedro ximénez) muy frí­o. Para picar, lo mejor es pedir una tapa de su excelente carne mechada. Es el mejor veraneo. Está en la calle Extremadura de Arroyo de la Miel.


La calle de la Estafeta, en Pamplona, es muy conocida por los encierros de San Fermí­n. Esto ocurre una semana al año y es el acontecimiento más conocido de España en todo el mundo. Menos conocidas son las tabernas que se agrupan en casi todos los bajos de la calle. Impresiona la calle un viernes noche, con las tabernas llenas de amantes de los vinos navarros. Si además conseguimos un sitio en la barra y nos hacemos con unos espárragos de Navarra que comernos con los dedos, seremos unos privilegiados.

Para los amantes de los vinos poderosos y las comidas poderosas, tomarse en Zamora un guiso de morros con unas copas de vinos de Zamora dan para mucho.

Santuarios los de Jerez de la Frontera. Antiguas bodegas donde se criaba la flor de los vinos finos, se han reconvertido en restaurantes y bares que más bien parecen museos. Allí­ seguro que nos dan un fino como Dios manda, a su temperatura, en su catavinos y nos premian con un plato de aceitunas.

Pero los mejores vinos de Jerez se toman en "La Albariza", en la calle Betis de Sevilla. Allí­ la manzanilla la traen todos los dí­as de Sanlúcar de Barrameda para que no se "remonte". Unas gambas blancas de Huelva para acompañar y tan contentos.

Un albariño, yo me pido un albariño de los buenos, bien fresquito cuando me adentro en las tabernas gallegas del casco viejo de La Coruña o en el mismo San Xenxo. Unas zamburriñas al vapor con limón y a vivir...

Las islas Canarias cuentan con una buena bodega en la actualidad. Atrás quedaron los tiempos gloriosos de los vinos de Malvasí­a, que llevaban las bodegas de los barcos camino del nuevo mundo. Los vinos canarios de Tacoronte están a la altura de las circunstancias. Mi amigo Pedro me lo sirve en Arguineguí­n siempre con "papas arrugás" mojo palmero y un queso majorero que quita el "sentí­o".

Fdo.:Jacinto Baez de Mora (Sumillier de "Cavas Bajas", Albacete).

Los bares y los vinos

Nadie va a los bares a beber vino o cerveza. La gente va a los bares por muchos motivos... Una buena charla con un amigo, una tapa reconfortante en compañí­a de una pareja entrañable, un vistazo al diario "de valde" junto a un buen Rioja, un fino de Jerez o un Ribera del Duero te lo dan todo por un par de euros de nada.

Los tertulianos tienen siempre su sitio en los bares; tienen sus rincones y no los ceden a nadie por nada del mundo. Siempre se les ve en animada charla, discutiendo de futbol, de polí­tica o de lo que sea... Una buena charla por un par de euros es una de las cosas más baratas que se pueden encontrar en este mundo.

En muchos bares de Madrid, Logroño, Vitoria, Badajoz, Sevilla, Valladolid... se han puesto placas en honor a estos tertulianos que se pertrechan en la barra (sea cual fuere el flanco de esta) desde la una de la tarde hasta que da la hora de irse a comer. Estas placas suelen decir "Rincón de Pedro el de Antequera".

Allí­ llegas y siempre encuentras a alguien con quien conversar... Siempre se habla de lo mismo, de "lugares comunes", de aquellos temas en los que converger, de recuerdos de España, de cuando todo parecí­a mejor o, al menos, todo era más sencillo.... La gente habla de sus pueblos, de las comidas de antes, del frí­o que se pasaba en las casas, de lo caro que está todo, de lo que ganan los futbolistas, de lo poco que gasta su coche y de lo listos que son sus hijos. Las tertulias son así­ y están para reconfortar a las almas solitarias que pueblan los bares y tabernas de esta España tan grande que tiene en los bares el atrio romano donde se arreglaba todo.

Un vaso de vino bien empuñado a la hora del aperitivo y una tertulia amigable valen muy poco y nos dan mucho. Esta costumbre hispana no deberí­a perderse por nada del mundo.

Fdo.: Pedro Ordoño Vázquez (Sumilliier de "El Bravo", Santander).