Al mundo del vino le sobra parafernalia. Si, ya sabemos que hay una minoría que sabe, y mucho, de este mundo. Olvidémonos de ellos por un instante y centrémonos en el consumidor medio. A este, le sobran muchas palabras, mucho ritual, demasiada historia. Conceptos que se aseguran y dicen como si se tratase de algo vital y trascendente, y que en rigor se reproducen de boca en boca y etiqueta en etiqueta sin pensar para qué sirve o en qué ayuda al consumidor.

En ese sentido, hablar de hileras de uva, o describir un vino con cuatro oraciones cargadas de adjetivos laudatorios, es más bien una forma de noquear el deseo de beber una buena botella y mandarlo a dormir de aburrimiento, antes que la de potenciar la experiencia.

¿En qué momento pensamos que para atraer al consumidor que tiene unos euros en el bolsillo era necesario explicarle el origen concreto del roble que albergó durante unos meses al vino? No lo sabemos, lo que si tenemos claro, es que debería de haber dos tipos de etiqueta, una básica, práctica, con un lenguaje cercano y otra (que bien podría ser un código QR en la anterior) que muestre toda la información técnica para el consumidor formado o profesional.

Existen casos de éxito de vinos (italianos, como no) cuyo nombre es Vino Para Pizza (con la etiqueta aclarativa correspondiente). Con esto, no queremos infravalorar el producto, más bien al contrario. No todos los vinos son iguales, del mismo modo que el lugar de compra o consumo diferencia la tipología de consumidores el precio marca diferencias.

Así pues, sepan ustedes (según un artículo de La Mañana de Neuquén).

* Las notas de cata: esta semana se conoció vía areadelvino.com un reciente estudio británico en el que se afirma que las notas de catas no le interesan mayormente al público. Es más, el 55% de los ingleses afirman que no sólo no ayudan para distinguir un vino de otro sino que además resultan poco claras. Y ese fenómeno no es sólo inglés. En nuestro medio tampoco tienen gran llegada más allá de un grupo de consumidores que las vanagloria y respeta. Para broche, el mismo estudio asegura que sólo el 9% elige una botella por su descripción.

* La tonelería. Entre los entendidos del vino el detalle siempre vale más que las partes. Y eso es así porque sólo yendo más lejos que los consumidores rasos se gana prestigio. El caso de los bosques de roble francés es emblemático. Todavía hoy se asegura sin pudor algunas etiquetas que afirman que el roble empleado en las barricas proviene de bosques de Alliers o Tronçais. Todo un dato. Y así, un tema de enólogos, llega para sumar un valor irrelevante en la compra.

* La parcela de viña: en las etiquetas de muchos Single Vineyard vinos elaborados todos los años con el mismo viñedo- cada vez más se estila hacer hincapié en superficies más pequeñas: a ir de la región al viñedo y del viñedo a la parcela y a la hilera de vid. Es como si se fuera abriendo el campo hacia los detalles, cada vez más reducidos y significativos, por un lado. Pero otro, también es cada vez mayor la distancia entre el consumidor de carne y hueso y esa micro parcela de la que salen uvas excepcionales. Hasta que no exista un verdadero Single Vineyard al alcance del gran consumidor, la parcela es un tema de agrónomos y enólogos.

* El sistema que cierra la botella. Más allá de las razones técnicas para defender uno u otro tapón ?sea corcho, plástico sintético o a rosca- que las hay y son importantes para la economía de una bodega, la realidad de los bebedores de vino es que el sistema de cierre debiera traerlos sin cuidado. Puede verse afectada la imagen de un vino icónico, si se quiere, por usar un tapón de plástico, pero en una botella que en el súper se paga un par de euros es un dato irrelevante. En cualquier caso, lo único que debiera preocupar es que sirva para cerrar la botella. Todas las demás son preocupaciones de enólogo.

* El día de cosecha (y la hora): en la búsqueda de un detalle que justifique una diferencia respecto a la competencia, las bodegas suelen incurrir en ciertos exabruptos descriptivos. Uno de ellos es referir el punto exacto de cosecha de un vino, como si, en el fondo, colectar las uvas de un tinto el 27 de marzo por la noche o el 2 de abril por la tarde sea un dato de absoluta relevancia en la mente de un consumidor que se está planteando si gasta 40 pesos en uno y otro vino en la góndola del súper.

* El porcentaje del blend. Es frecuente encontrar que un tinto contiene un hipotético 53% de Malbec, un 18% de Cabernet, un 17% de vaya uno a saber de cuántas otras variedades. El exceso de precisión, en este como en otro casos, no ayuda a entender qué vino hay dentro, ni si será una botella que le guste o no a un consumidor. De hecho, lo más probable es que ni el enólogo recuerde con exactitud el dato que, ya se ve, está destinando al olvido o la distracción.

* El grado alcohólico. Mucho se ha escrito sobre este tema. Y con buen criterio y mejores intenciones incluso. Pero convengamos en algo: si el alcohol de un vino es un tema, lo más probable es que ese ejemplar no sea digno de beberse. De hecho, en el buen vino el alcohol es un dato muy menor, porque el truco es que no debe notarse. Además, en regiones soleadas y calurosas como muchas de Argentina el alcohol siempre será elevado. El dato sólo funciona al revés: sólo en casos excepcionalmente bajos, del 11% por ejemplo.

* El recipiente de fermentación. Hace diez años se decía que los vinos se fermentaban en tanques de acero inoxidable, hoy en piletas de hormigón sin pintura epoxy, si es que no en huevos de hormigón armado. Un dato por demás relevante a la hora de tomar decisiones enológicas, pero completamente inútil a la hora de elegir una botella. ¿Sirve saber que la pileta tenía o no pintura epoxy para elegir un vino, para saber si tendrá buen sabor? Como alguien dijo alguna vez, lo dejamos a su crierio.

Concluimos diciendo que todo es importante, sin duda, pero hay modos y modos de presentarlo en una botella.