Por Jaime Sanz. Nadie en el sector del vino es ajeno a la animada controversia respecto a la nueva perspectiva enológica que plantean los tapones sintéticos. No en vano el asunto tiene un enorme interés económico que afecta tanto al vino como al mercado del corcho, y en el que están involucrados diversos sectores:

 

líderes de opinión, periodistas, consumidores, restauradores, distribuidores, productores de vino, corcheros, enólogos e investigadores.

Desde mediados de la década de los 90 han proliferado investigaciones que responsabilizan al corcho de la aparición de gustos y olores indeseables en el vino, y de causar grandes pérdidas a las bodegas. La producción mundial de corcho se concentra en un 90 por ciento en sólo tres países (Portugal, España e Italia), de los cuales dos tercios se destinan a la producción de tapones.

La rigidez del abastecimiento, que depende del ciclo vegetativo del alcornoque, es uno de los problemas más evidentes: son necesarios de 9 a 12 años de crecimiento antes de la recogida de la materia prima en árboles de al menos 25 años de edad. Por ello, las planchas de corcho son estacionales y están sometidas a condicionamiento y blanqueo para ofrecerlas en perfectas condiciones para la producción de tapones. El defecto del olor a corcho viene a menudo asociado a una escasa calidad de la materia prima o a un error de conservación del tapón o del vino embotellado. Ante esa rigidez de abastecimiento se han introducido en el mercado corchos de calidad inferior, lo que ha agravado, en parte, la aparición de vinos defectuosos. No debe extrañar que algunas bodegas, ante el riesgo de transmitir esos defectos a vinos no sólo de largo consumo sino también de alto precio, hayan buscado soluciones alternativas. Y una de ellas ha sido la utilización de tapones sintéticos.

Los primeros tapones de plástico dieron muchos problemas por lo difícil que era luego extraerlos de la botella, por su baja calidad y por la aparición, a menudo, de sabores y olores extraños que se comunicaban al vino. Pero unos tapones de segunda generación han demostrado al fin sus virtudes: ausencia de alteración del vino, resistencia mecánica y facilidad de extracción, calidad, inercia química, impermeabilidad al gas y seguridad higiénica. Pero, como indica el profesor Sergio Galassi de la Universidad de Bologna (Italia), aunque los tapones sintéticos en principio parecen óptimos para el vino, todavía se desconoce su comportamiento en los largos envejecimientos de los reservas.

Es una alternativa válida al corcho, pero no excluyente. La industria corchera tiene que garantizar corcho de calidad para su supervivencia, que salvaguarde un producto final óptimo que pueda competir en un mercado abierto y cambiante, repleto de innovaciones tecnológicas.

Jaime Sanz

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