Para apreciar el equilibrio entre sus diferentes componentes se aconseja tomar el pacharán a una temperatura que oscile entre los 12 y los 18°C, pues a temperaturas más altas se produce un desprendimiento excesivo de los alcoholes, lo que provoca una equivocada sensación de desequilibrio. El recipiente idóneo es una copa transparente, lisa, sin talla, resaltes o grabados, para poder apreciar correctamente el aspecto del licor. Y como observación de suma importancia, hay que destacar que el pacharán es un licor que hay que beber joven, porque no va a mejorar una vez ha terminado el proceso de maceración y ha sido embotellado.

El proceso de cata se realiza aplicando los sentidos de vista, nariz y boca.

La vista nos informará del color, que debe ser rojo o rosado intenso. La existencia de tonos teja, amarillos, yodados o anaranjados es síntoma de vejez, de que el licor se ha oxidado perdiendo buena parte de sus aromas. Si la intensidad del color rojo es alta será señal de que ha habido una buena maceración, con una elevada dosis de frutos. El brillo significa juventud y la opacidad, vejez. La limpidez es indicativo de que el filtrado se ha llevado a cabo correctamente.

La nariz nos informará de los aromas, que deben reflejar armonía entre el anís y las endrinas. Cuando los aromas son intensos y frutosos, estamos ante un buen pacharán. Si predominan aromas balsámicos o químicos, con fuerte tufo a alcohol, es señal de que la elaboración se ha realizado con un aguardiente o destilado de mala calidad.

El paso del pacharán por la boca ha de ser suave y aterciopelado, sin que predomine ninguno de los ingredientes utilizados en la maceración. El exceso de dulzor, que se manifiesta dejando una sensación empalagosa, es un defecto y delata la existencia de un desequilibrio. El mejor síntoma de un buen pacharán es el recuerdo que deja una vez se ha bebido. Ha de ser suave y grato.