El vino es un alimento vivo. Como tal, se transforma con el tiempo mostrando sus virtudes y defectos. Este pequeño artículo, te permitirá conocer como la evolución afecta a la variación del color. Como parte fundamental de la fase visual de la cata, la observación es el punto de partida, la puerta de los sentidos.

 

 


- Sin variación ni evolución. En el caso de vinos blancos, podrí­amos hablar por ejemplo de un amarillo pajizo desde la capa fina hasta la capa gruesa y sin ninguna nota dorada. Podrí­a ser también el caso de un tinto con un color rojo-cereza, nuevamente desde el menisco al corazón y sin ninguna nota parda o violácea.

- Variación sin evolución. Hay muchos tintos jóvenes que tienen colores muy vivos en el corazón, como podrí­a ser un rojo-cereza, pero en el menisco y solo en el menisco apararecen notas violáceas. Se trata por tanto de varias notas de color cereza y violeta pero a pesar de la variación no hay evolución, es decir no hay notas parduzcas que apunten a pensar en el paso del tiempo.

-Variación con evolución. Serí­a el caso de un vino en el que haya, por ejemplo, un rojo-rubí­ en el corazón y un rojo-teja en el mení­sco. Hay por tanto no solo varios tonos, sino que además se aprecia el paso del tiempo.

- Evolución sin variación. Los vinos en este estadí­o podrán estar como mucho en el momento final de su vida, si se trata de blancos y tintos, aunque aún podrí­an tener vida por delante si se trata de vinos generosos, como un oloroso. Serán vinos que presenten colores muy pardos, incluso caoba sin ninguna nota de viveza rojiza en el caso de tintos o carencia de notas amarillentas y solo presencia de notas muy doradas, oro-viejo, en el caso de vinos blancos. He tenido ocasión de catar en el pasado mes de Junio un Chí¢teau Ausone, Premier Cru Classé "A" de Saint Emilion de 1.894 y aunque en el vino solo habí­a colores pardos, para dar una idea de su calidad baste mencionar que me bebí­ hasta la última gota de sus posos, que quedaron en la botella después de la decantación.