Chile tiene algo especial. Un pueblo disperso a lo largo de más de 4 mil kilómetros de una geografía exuberante; un fértil valle central enclavado entre el desierto más árido del mundo y los bosques milenarios de la Patagonia; una tierra larga y estrecha flanqueada por los Andes y el Océano Pacífico. Esta insólita variedad de geografías y climas se refleja en el vino chileno, sorprendente mosaico de sabores y estilos. Tres hitos son claves en el desarrollo de los vinos chilenos. Por un lado, la llegada de los españoles al nuevo mundo, pues marco el nacimiento de sus caldos. El segundo vino dado por la llegada de las filoxera a las tierras europeas, que arrasaría con el cultivo de la vid, manteniendo intactos los cultivos chilenos. El tercero, lo marca la llegada de nuevas variedades de uva al país, así como nuevos procedimientos de elaboración que darían el impulso necesario que la tierra, fértil y sana, necesitaba. Todo esto ha hecho de los vinos chilenos una marca conocida mundialmente. Diversidad en las plantaciones, clima, ausencia de burocracias y grandes profesionales han creado una industria próspera y con un gran porvenir. Pasea de la mano de Lugar Del Vino por un país reflejado en sus vinos...

Historia
La vid no existía en America. La historia chilena del vino comienza alrededor del siglo XVI, cuando los primeros conquistadores arribaron a estas tierras. Así, una temprana crónica de la conquista ya menciona al sacerdote Francisco de Carabantes como el orgulloso propietario de algunas parras en Concepción, allá por 1548. Poco después ya tenía su primera cosecha, con la que pudo elaborar el indispensable vino de misa. Así que se podría decir que la fe trajo el vino al fin del mundo. Apenas unos años después ya consta que el adelantado Francisco de Aguirre poseía vastos viñedos en la entonces fértil zona de Copiapó y La Serena. Resulta curioso que hasta hoy los valles de Limarí y Bío Bío -donde Chile produjo su primera uva- delimiten aún el sistema de denominación de origen.

Pronto los cultivos cubrirían la naciente Capitanía General de Chile. En 1554 comenzó la producción de tintos en el Valle del Maipo, aunque esta vez por motivos más profanos: simplemente la impaciente población de Santiago quería tomar vino. Las cepas españolas correspondían a la variedad conocida como País o Misión, la que se adaptó rápidamente al suelo y aún hoy puebla los campos de la zona central (de hecho, algunos de los primeros vinos orgánicos chilenos producidos en la década de 1990 provienen de esas antiguas vides, las que han logrado permanecer intactas a través de los siglos).

 

Aunque todavía se discute quién fue el pionero, generalmente se menciona al aristócrata Silvestre Ochagavía como el precursor de la industria chilena del vino. Despues de amasar su fortuna en actividades mineras y agrícolas, el acaudalado empresario importó cepas francesas para plantarlas en terrenos del Valle del Maipo, donde las viejas uvas españolas crecían ya en forma silvestre. El vino que resultó era infinitamente mejor y así su ejemplo sería seguido rápidamente por otros visionarios. Luis Cousiño, Ramón Subercaseaux y José Tomás Urmeneta, entre otros, aprovecharon sus frecuentes viajes a Europa para traer al regreso vides de cepas como Cabernet, Malbec, Carmenère, Pinot Noir, Sauvignon Blanc, Semillón y Riesling. El Maipo resultó ser una zona estupenda para el crecimiento de las vides francesas, y muchas de las más tradicionales viñas chilenas siguen ahí produciendo vinos nobles.

La llegada de las nuevas cepas marca el inicio de la vitivinicultura seria en Chile, manifestada en la creación de sistemas de regadío y la importación de maquinaria especializada. Junto a las vides viajaron expertos franceses, quienes se encargaron de cuidar las plantaciones, producir buenos vinos y levantar los palacios que surgieron en medio de los viñedos. Los aristócratas -orgullosos ante el fenómeno que se estaba produciendo- no dudaron en bautizar las nuevas viñas con sus apellidos.

Durante esta pequeña revolución del vino Chile también tuvo suerte, una suerte de la que no gozó ningún otro país del mundo. Corría 1863 y en Francia se desató el ataque de la terrible filoxera, plaga que devastó pronto los viñedos europeos y norteamericanos, cambiando para siempre el mapa mundial del vino. Gracias a su aislamiento geográfico, Chile se convirtió en el único país del globo jamás atacado por este bicho habituado a comer raíces.

Muchas vides actuales son descendientes de aquellas trasplantadas hace 150 años desde Europa, las que luego serían borradas de sus lugares de origen. Así, la tierra chilena se convertiría en una suerte de reserva histórica de estas nobles cepas arrasadas por la cruel filoxera. Lo comprueba el hecho de que el Carmenère, que había sido muy popular Burdeos hasta el siglo XIX, resucitó en Chile en 1991, luego de haber desaparecido por más de cien años y creerse extinto. Durante todo ese tiempo estuvo en el Valle del Maule, confundido entre los racimos de Merlot.

Otro efecto anexo de la plaga fue que expertos europeos emigraron hacia los pocos lugares del mundo donde quedaban vides sanas. Muchos anclaron en Chile, lo que auguraba un porvenir muy auspicioso para esta industria. Sin embargo, inesperadamente la industria se estancó. Políticas proteccionistas adoptadas a comienzos del Siglo XX causaron que el país permaneciera aislado de los mercados, una ley de alcoholes virtualmente prohibió la plantación de viñedos, mientras la Segunda Guerra Mundial cerró la puerta a las importaciones de maquinaria vitivinícola. Otra vez, la historia del vino en Chile ofreció por mucho tiempo poco que contar.

El paraíso perdido del vino
Las cosas comenzaron a cambiar para mejor con la derogación en 1974 de la ley que restringía los viñedos. Sin embargo, el inicio de la revolución coincidió con la llegada de Miguel Torres, empresario español que ?a semejanza de los antiguos conquistadores que trajeron las vides- marcó una nueva etapa para la industria. El afamado viñatero intuyó que en Chile estaban dadas todas las condiciones para producir mostos de alta calidad y trajo por fin los necesarios estanques de acero inoxidable para la fermentación. Esa simple decisión cambió la historia del vino en Chile para siempre. A comienzos de los años '80 la apertura económica del país hizo posible importar maquinaria moderna, junto a lo cual mejoraron las tecnologías de riego y plantación. A la par, se masificó el uso de barricas de roble francés para el envejecimiento y los vinos se envasaron en botellas de mejor calidad. Tímidamente los primeros vinos de alto estándar comenzaron a ser exportados.

Las familias tradicionales propietarias de grandes viñas comenzaron a compartir la producción con nuevos grupos económicos, algunos con participación internacional, lo que impulsó definitivamente la modernización del negocio. La uva estaba, la tierra estaba, sólo faltaba ese empujón y lo que vino luego era natural. Durante la década de los ?90 los vinos chilenos consolidaron año a año su presencia en el mercado internacional: durante 2002 las exportaciones a más de 90 países de los 5 continentes superaron los US$ 600 millones. Y en poco más de una década el vino chileno se convirtió en un embajador de alto rango en las mesas de todo el mundo.

Quizás nada refleja mejor la madurez alcanzada por la industria que el incesante intercambio de los productores chilenos con sus pares mundiales. En un par de décadas Chile ha visto surgir enólogos de prestigio mundial, que han sabido crear nuevos y apasionantes sabores de cada viña y cada cosecha, y que estimulan el fecundo trabajo de las nuevas generaciones. Chile ha vuelto a nutrirse del conocimiento de los viejos expertos, como el de aquellos sabios franceses que viajaron al sur en 1850. Pero hoy, mientras los vinos maduran tranquilamente durante el invierno, jóvenes enólogos chilenos emprenden vuelo para aprender en terreno de las cosechas del verano boreal en Francia, Italia, España y California.

Este contacto directo con los líderes de la producción mundial ha servido para afianzar una cultura de la innovación. El vino en Chile es una industria notablemente joven, que se ha desarrollado explosivamente pero que aún guarda secretos. Tal vez en este preciso instante algún enólogo acaba de encontrar en un valle recóndito el lugar ideal para plantar una variedad hasta ahora dejada de lado. Gran parte de las esperanzas a futuro de la industria se basan en su potencial: en la posibilidad de que el mejor vino chileno del 2015 ?digamos un Gewürztraminer- se produzca quizás en un viñedo de un valle que hoy no existe en el mapa vinícola . Quizás parezca absurdo? tan absurdo como si alguien hace quince años hubiera previsto que un notable Chardonnay nacería en la Cordillera de Nahuelbuta, por ejemplo.

La Tierra sana

La práctica ha demostrado que una viña sana no necesita pesticidas; el manejo adecuado de las plantaciones permite que el viento y el sol mantengan los racimos secos y libres de plagas, mientras la irrigación por goteo reduce la maleza. El apropiado equilibrio entre la planta, la tierra y el trabajo del hombre asegura un ecosistema sano.

Chile es definido habitualmente como una isla geográfica rodeada por los Andes y el Pacífico. Este aislamiento natural ha sido clave para que plagas como la filoxera jamás hayan aparecido por estas costas. Si a eso le añadimos un sano clima mediterráneo, con veranos cálidos e inviernos lluviosos, es fácil descubrir por qué aquí la vitivinicultura orgánica adquiere día a día mayor relevancia, más que en ningún otro lugar del mundo.


Así, paulatinamente crece la lista de viñas orgánicas certificadas, mientras muchas otras usan procedimientos naturales sin siquiera acreditarlos. Su interés es producir vino de alta calidad, de sabores que reflejen apropiadamente la expresión de la fruta y la tierra: saben que una de las mejores maneras de lograrlo es evitar la interferencia de los productos químicos.

Un país diverso como sus vinos

Bien podría definirse a Chile como una anomalía en los confines de Sudamérica: una nación que creció aislada y que hoy goza de una prosperidad inusual para la región. Lo confirman los pioneros Tratados de Libre Comercio suscritos con las economías más desarrolladas del mundo, como la Unión Europea, Estados Unidos, Canadá y Corea del Sur. Tras décadas de sostenido crecimiento, Chile ha afianzado una economía sólida y diversificada, cuyos pilares son la minería, el sector forestal, la agricultura, la pesca, el turismo? y el vino.

Chile tiene algo especial. Un pueblo disperso a lo largo de más de 4 mil kilómetros de una geografía exuberante; un fértil valle central enclavado entre el desierto más árido del mundo y los bosques milenarios de la Patagonia; una tierra larga y estrecha flanqueada por los Andes y el Océano Pacífico. Esta insólita variedad de geografías y climas se refleja en el vino chileno, sorprendente mosaico de sabores y estilos.


Bien podría definirse a Chile como una anomalía en los confines de Sudamérica: una nación que creció aislada y que hoy goza de una prosperidad inusual para la región. Lo confirman los pioneros Tratados de Libre Comercio suscritos con las economías más desarrolladas del mundo, como la Unión Europea, Estados Unidos, Canadá y Corea del Sur. Tras décadas de sostenido crecimiento, Chile ha afianzado una economía sólida y diversificada, cuyos pilares son la minería, el sector forestal, la agricultura, la pesca, el turismo? y el vino.
Chile tiene algo especial. Un pueblo disperso a lo largo de más de 4 mil kilómetros de una geografía exuberante; un fértil valle central enclavado entre el desierto más árido del mundo y los bosques milenarios de la Patagonia; una tierra larga y estrecha flanqueada por los Andes y el Océano Pacífico. Esta insólita variedad de geografías y climas se refleja en el vino chileno, sorprendente mosaico de sabores y estilos.


Los pioneros y la plaga
En 1830, un Chile ya independiente intentaba forjar sus propias instituciones; entre ellas, la Universidad de Chile. Justamente uno de sus profesores, el naturalista y científico Claudio Gay, fue quien trajo desde su natal Francia treinta especies de vitis vinífera para ser plantadas en los campos de experimentación agrícola de la Quinta Normal. Su idea sería pronto imitada, dando inicio a la historia moderna del vino en el país.