No había celulares y el que tenía computadora era poco menos que, sino multimillonario, un adelantado. Ni que hablar de I Pods o reproductores de mp3. Pero sí estaba el vino, mostrando que existía otra manera de entender la vida. Hablando de vinos, ¿qué cambió en estos 25 años?

 

En la mayorí­a de los restaurantes, tomar un vino a la temperatura correcta era una odisea. Sin duda, era más que normal ver a los vinos tintos cocinándose debajo de luces dicroicas o encima de la parrilla. Hoy, muchí­simos restaurantes sirven el vino a la temperatura debida y poseen medios destinados exclusivamente a conservar (por ejemplo, los vinos tintos a 18 grados).

Era una época dominada por vinos de un estilo opuesto a lo que nos acostumbramos a beber ahora. Un estilo ligerito, de vinos con poca profundidad de color, más bien con cierta evolución, fáciles de tomar y, a la vez, no eran vinos a los que se les prestaba demasiada atención. El mercado estaba dominado por ciertas marcas, clásicos como Carcassone, Pont Leveque, Bianchi Borgoña, Rincón Famoso y Valmont no faltaban en ningún restaurante, eran vinos obligados.

Si el bolsillo permití­a darte un lujo podí­as pedirte un Montchenot e, incluso, subir hasta un Trapiche Medalla, que hací­a su aparición por esos años. Hoy, nuestros vinos poseen personalidad propia, se elaboran estilos distintos dependiendo la región, el tipo de uva y el gusto del consumidor, todos desde un estándar de calidad bien alto, entendiendo qué es lo que el consumidor necesita.

El Torrontés era un vino del que sabí­amos de su existencia por una propaganda de televisión que nos lo ofrecí­a en cómoda cajita de cartón. Del Malbec no se hablaba, aún no lo habí­amos "descubierto". Hoy, existe casi una docena de revistas que hablan de vinos, programas de televisión, radio, y cada vez existen más especialistas dedicados al vino. El Malbec y el Torrontés son nuestras variedades "insignia", nuestra bandera ante un mundo que año a año va conociendo y aceptando cada vez más el vino argentino.

Prácticamente, no habí­a forma de informarse y aprender. Hoy, existen escuelas en las que se estudia la carrera de sommelier y cursos de vinos para todos los gustos. Por aquellos años se consumí­an aproximadamente 75 litros de vino per cápita anuales. Hoy estamos en 30. Sin embargo, el vino pasó a ocupar un lugar importantí­simo en los hábitos de consumo de la gente. Se toma menos cantidad, pero la calidad en estos 25 años ha dado un salto impresionante.

¿Qué pasó? ¿Cómo se produjo el cambio? Enólogos como José Galante, Mariano Di Paola, Raúl De la Mota, entre otros, marcaron el camino, trabajando duro, especializándose, viajando y entendiendo que habí­a otra manera de hacer las cosas, siempre en pos de dar el salto de calidad que el mercado pedí­a a gritos.

Inversiones de paí­ses como Chile, Francia y Estados Unidos pusieron a la Argentina a la vanguardia. Descubrimos que, si se hacen bien las cosas, estamos a la altura de los grandes paí­ses productores de vino del resto del mundo (en su última visita, Jay Miller, el enviado para Sudamérica de Robert Parker Jr., calificó más de cien vinos argentinos por arriba de los 90 puntos).

El mix entre inversiones en alta tecnologí­a, recursos humanos de primer nivel (a los citados arriba los siguieron las nuevas generaciones: es innegable el aporte de enólogos de la talla de Marcelo Pelleriti, Matias Michelini, Alejandro Vigil, Andrea Marchiory y muchos otros) le dieron al vino argentino personalidad propia, entendieron lo que el mercado demandaba y se pusieron a la cabeza del cambio. No por casualidad arribaron al paí­s los más famosos y profesionales winemakers de distintas partes del mundo.

Primero Michel Rolland, luego Alberto Antonini y Paul Hobbs (la trilogí­a más famosa de Fliyng Winemakers), se enamoraron de la Argentina, sus vinos y su gente y se cansaron de repetir las bondades de nuestro clima y suelo para hacer vinos de altí­sima calidad. En estos 25 años también hizo furor el turismo enológico. Sólo en Mendoza, los hoteles 5 estrellas se están reproduciendo a muy buen ritmo, las bodegas están a la orden del dí­a, preparadas para recibir cientos de turistas por dí­a. De esta manera, incrementaron también de forma significativa sus ingresos.

No hay extranjero llegado al paí­s que no se interese por nuestros vinos, en especial por el Malbec. En sí­ntesis, en estos 25 años la industria creció notablemente, la gente aprendió y sigue aprendiendo e interesándose muchí­simo por el vino y el futuro es más que auspicioso. Ojalá podamos decir, en los próximos 25 años, que el fenómeno del vino argentino continúa. Tenemos todo para que así­ sea.

CUISINE&VINS