Casi 5.000 viticultores españoles han desaparecido de las estadísticas desde el año 2000. La producción de vino de las principales denominaciones de origen (DO) baja año tras año. La rentabilidad baja y el empleo cayó más del 20% entre el 2005 y el 2009. 

 

En ese mismo periodo, el número de establecimientos bajó de 400 a menos de 300. Y las ventas se resienten de la crisis.

Al calor del ladrillo, la industria del vino recibía dinero por doquier. Las bodegas crecían como setas, y con ellas, la demanda de uva de calidad. Ahora que corren tiempos de crisis, son las de tamaño medio las que peor lo pasan, ya que las grandes tienen respaldo financiero, y las pequeñas, poseen una medida estructura que permite ajustarse.

El drama no es menor para cientos de viticultores que ven como el precio del vino cae hasta el punto de pagarse a precio de agua. Bien saben ellos, que el agua cae del cielo y mana de la tierra, mientras que el vino, es fruto de un año de sacrificio.

Bebamos para paliar el daño, con moderación, pero bebamos.