La otra botella

En casa, de vacaciones 2: (Feliz) Caos y desorden, con cubano

Noviembre 20, 2008 · No hay comentarios

Bien claro tenía que el que más renovación espiritual y satisfacción gustatoria necesitaba en estas vacacioncitas no era yo, sino mi mujer. Dejé que sus diversos monos gastronómicos dictaran la vasta mayoría de neustra agenda, preguntándole cada vez lo que le apetecía. Al comenzar nuestro segundo día de viaje, me habló de buena comida cubana y, concretamente, “de aquel cubano downtown del que tan bien has hablado”.

Ni corto ni perezoso, llamé a mi amigo Jorge Henríquez y le pregunté si le parecía bien formar un grupito para irnos a comer y beber cubano en el East Village. Me dijo que, coincidencialmente, tenía algo planeado para esa misma noche en ese mismo sitio y, si queíamos apuntarnos…

Yo no vacilé.

Café Cortadito (210 East 3rd. St., al lado de Avenue B) se ha vuelto una referencia obligada en casi todos mis retornos a Manhattan. El sitio es pequeño, alegre y encantador. Sus propietarios, Ricardo y Patricia, te dan una atención del tipo que hoy por hoy cada vez se encuentra menos, auténticamente amable y cálida. La comida es, para hacer el cuento corto, la mejor cocina cubana de Manhattan. Y punto. Años pasé yo buscando un restaurante así cuando vivía en esa isla y me llevé decenas de desencantos. No fue sino hasta los últimos días de mi residencia manhattaniana que, gracias a Jorge, allí llegué. Una virtud añadida es que cada vez que he asistido con un grupo nos han permitido llevar vino, por lo que se ha convertido en escenario de unas cuantas bebiendas memorables.

Llegamos Josie y yo puntuales al Café, conscientes de que no íbamos a conocer en la mesa a más nadie que Jorge Henríquez y  Greg dal Piaz. Según me explicara Jorge, el grupo era más bien proveniente del foro de vinos de erobertparker.com, lugar que, por razones que serán obvias a cualquiera que me haya leido durante un mínimo de tiempo, decididamente no frecuento. Sabiendo que Parker y sus más cercanos acólitas son una cosa y la gente que usa el foro como medio de conexión con otros enómanos son otra, íbamos con la mente abierta.

Lo que no nos esperábamos fue la cantidad de gente que apareció. Lkegado todo el mundo éramos una buena docena bastante bullanguera y sobrelubricada en la larga mesa, lo que en un lugar de las reducidas dimensiones de Café Cortadito se nota. El número de botellas de vino sobre la mesa también llamaba bastante la atención. Una cierta falta de comunicación que no fuese a grito pelado llevó a que muchas cosas ni siquera nos visitaran en el extremo en que estábamos sentados. De hecho, también llevó a no poder compartir para nada con la mitad del grupo, pues nos pasamos la mayor parte del tiempo en nuestra esquina, con un subconjunto muy reducido del mismo, contemplando el caos y el desorden de la bebienda en curso. No que no haya en ese tipo de orgiástico despelote lo suyo de disfrute, pero quizás algo un poquito más sereno hubiese sido mejor, considerando muchos de los vinos y los excelentes platos del restaurante, que me parece que quedaron medio ahogados en la bulla.

La situación, claro está, no se prestaba para tomar notas detalladas sobre nada, En mi libretica negra, un montón de garabatos apurados ilustrados con manchas de diversos tonos de granate, púrpura y marrón. Trataré de sacar algún sentido del enredo, pero no prometo nada.

Jorge H. y Josie, al principio de la noche. Envuelto en la bolsa de papel está el Latricières-Chambertin.

Jorge H. y Josie, al principio de la noche. Envuelto en la bolsa de papel está el Latricières-Chambertin.

El primer vino, a botella impacientemente recién abierta y sin decantar, fue el Camille Giroud, Latricières-Chambertin Grand Cru 1976, cortesía de Jorge. No entendí muy bien la idea de abrirlo y servirlo tan precipitadamente, pero bueno… Inicialmente sale de la botella apestosillo (de ahí mi énfasis en la falta de decantación), con fuerte volatilidad y olor a Nam Pla que luego se va a sardinas enlatadas y sudor. Pero con una hora y algo de aire (o sea que ésta, en realidad, es una nota en dos partes entre las cuales media mucho vino) esto se resuelve completamente y deja un bello borgoña tradicional de edad. Si mal no recuerdo, este vino habrá sido hecho por Lucien Giroud, décadas antes de que la bodega fuese vendida. Giroud elaboraba “a la antigua” y puedo imaginar como este vino, de joven, era tan intensamente tánico como los mejores Latricières. Pero ahora está redondeado por los años, calmado y con un perfume otoñal que no deja de tener una cierta rusticidad. Hojarasca, carne curada, flores secas, tierra, un toquecito de yodo y fruta negra sorprendentement presente. Largo e interesante. Hay aún en el posgusto una garrita tánica residual. Una muy buena botella, que ameritaba un servicio más cuidado.

La lógica pareció volver repentinamente a nosotros y comenzamos a probar los blancos que teníamos. El primero fue una aportación mía, el Reinhardt & Beate Knebel, Riesling Spätlese Feinherb “Winninger Brückstück”, Mosel-Saar-Ruerw 2007. Mucho era lo que había yo leido y escuchado sobre la superlatividad del 2007 en el Mosela, pero no había probado ningún vino todavía. Cuando ví esto en Crush esa tarde, decidí inmediatamente que quería comprarlo, beberlo y compartirlo esa misma noche. Potentemente, alegremente, mondilitondamente mineral—un vino de alta tensión, en ese aspecto, pues esa rocosidad llena el todo de energía de una forma que no puedo describir de otro modo. Incluso opaca a la acidez del vino y hace pensar que la estructura viene de la mineralidad misma. Aparte, aromas y sabores de polen, kiwi, té verde, jengibre en conserva y pimienta blanca. Resulta apenas abocadito, lo que me hace maravillarme, considerando que es un Spätlese. Aunque no debiera extrañarme, pues Feinherb, una de esas sutilmente complejas subdesignaciones germánicas del carácter de un vino, aparte de las connotaciones de “equilibrio” que tiene, al fin y al cabo va resultando indicar que el vino será semiseco. Fascinante vino del que tengo que comprar más.

Siguió un vino de un productor que casi siempre me hace echar mano a mi bombita de insulina para pegarme una dosis extra, pues tiende a tener la opulencia basada en glicerol y azúcar residual como sello de autor. Se trataba del Zind-Humbrecht, Pinot Gris “Clos Winsbuhl””, Alsace 1992 y era, en términos de untuosidad, como beber la más exquisita vaselina dulce. Una interpretación rubensiana de albaricoques y peras en conserva con atractiva mineralidad por debajo y buena acidez de fondo. Pero lo crucial es la masividad, aquí. Aunque reconozco como esto puede ser sumamente atractivo para algunos, definitivamente no es mi tipo y, pensando en mi salud, no es un vino del que quiera repetir muy frecuentemente.

Tal parecía que todos los comensales sosteníamos múltiples conversaciones, sin especial orden de prioridades temáticas. Se respondía a las preguntas y los comentarios inmediatamente, o se arriesgaba uno a que se perdiesen en el alegre bullicio de la mesa. Así mismo con los vinos. Pestañar era perderse algo potencialmente importante. Rápidamente después del Winsbuhl cayó una joyita de la vieja California, el Ridge, Petite Sirah, York Creek, California 1975. Inmediatamente se suscitaron comparaciones con el Ródano septentrional, porque esto cargaba elementos cornasianos de aceituna negra y tocino. Denso, profundo y de una rusticidad ganadora. Firme, salino, cárnico y bello sin necesidad de maquillaje alguno. Lástima que la muestra que me tocö fuese reducida, pues me hubiera gustado llegar a probarlo junto con la soberbia vaca frita de Café Cortadito.

Pero seguïan apareciendo cosas, sin particular coherencia: Algo con una incomprensible etiqueta magyar que declaraba ser Pannonhal e Apátsági, Pannonhalmi Tramin, o algo asï, sin añada discernible. Gewurztraminer híngaro, según creí escuchar a alguien. Los aromas son varietalmente correctos, aunque sorprenden por lo suavemente expresados. En vez de concentrado de perfume, eau de toilette, dije yo… Muy buena acidez y mineralidad calcárea en un posgusto sabrosamente ligero y fresco.

Burato y Bize delante de mi. Creo...

Burato y Bize delante de mí. Creo...

Echando mano a una de las botellas que habïa yo traido, que estaban tranquilamente aparcadas enfrente mIo, pedí que me prestaran un sacacorchos. El D. Ventura, “Viña do Burato”, Ribeira Sacra 2007 estaba delicioso. Vivaz, con aromas y sabores de fresa fresca, aceituna y arena. Un tinto ligero de paso, pero con estructura y suculencia. Agradezco a esta bodega el que no caigan en la tentación de meterles roble a sus maravillosas mencïas. La pureza y la expresión clara del suelo son virtudes dignas de preservar.

Parecïa estar emergiendo un patrön. O al menos eso me imaginë durante un par de nanosegundos cuando me cayö delante el Dönnhoff, Riesling Spätlese “Norheimer Kirschheck”, Nahe 2006: La secuencia sería de blanco-tinto-blanco, intermitentemente.  O no… ¡Qué carajos! Pizarra que se cree que es un cruce entre cereza y limön dulce. Crujiente en boca, largo y con una manera de despertarte todos los sentidos y ponértelos en atención que cualquiera dirïa que viene generosamente cafeinado. Tensamente mineral en un final largo que aprieta y aprieta.

Fue en este momento que Josie declaró que esta frenética ehiperdecibélica velada era demasiado para ella. Sin esperar su plato principal, me dijo que me quedara, que ella se marchaba al hotel a descansar. Se sentía aún un poco estragada por un gripazo que había sufrido días antes y el nivel de energía que era necesario sostener en esta cena era demasiado pedirle. La dejé marchar y yo continué, apenado porque no pudiera disfrutar plenamente de la cocina del restaurante.

Pero bueno, los vinos seguían. En algún momento Greg dal Piaz se había acercado a mí para decirme que tenía unos vinos italianos que quería que probara. Los había dejado en la mesa inmediatmaente al lado mío. Yo a cada rato echaba una mirada, pensando en meterlos en el flujo. Pero en una miré y en la mesa había una pareja sentada, pidiendo comida. Las botellas habían desaparecido. Nadie sabía nada. Yo me encogí de hombros y pasé a un Nicolas Potel, “Les Pruliers”, Nuits-Saint-Georges 2002 que estaba muy cerrado y sin ganas de fiesta. Fruta negra y polvo con discreta floralidad. Acidez y taninos vivos en un final que se hace ligero, como de aire perfumado. Antes de poder verificar mi hipótesis sobre un putativo orden de los vinos, serví el segundo tinto que  traje, un Simon Bize, “Aux Guettes”, Savigny-lès-Beaune 1er Cru 2002. Este me lo había recomendado encarecidamente Chris Cottrell en Crush esa tarde. Me lo describió como “suficientemente abierto, sin llegar a puterías frutales”, o palabras a tal efecto, y no pude resistir.

La otra mitad de la mesa, vista desde mi puesto...

La otra mitad de la mesa, vista desde mi puesto...

Tánico con ganas es lo que es. Y muy puro de fruta (fresa y cereza silvestres con un deje de naranja). Y deliciosamente mineral. De cuerpo medio en boca, con un centro densamente empacadito de sabor. Largo, con algo de piel de naranja entre taninos de grano fino que aprietan bastante al final. Un vino aún primario, con  los aromas y sabores que te da en este momento muy precisamente definidos. Promete para dentro de un lustro o dos.

Me dí cuenta de que ya había probado—jugando, jugando—todos los vinos de mi lado de la mesa. Comenzaron a llegar botellas desde el otro extremo, según mandábamos nosotros botellas hacia allá. Ahí fue donde las cosas se pusieron… Ejem, ¿cómo decir esto sin que nadie se mosquee?

Se pusieron pintorescas.

Lo primero fue un Lillian, Syrah, California 2006 que olía a palomitas de maíz rociadas con Desitin (para el contingente europeo, eso es crema de culero para bebés) en vez de mantequilla. También cargaba algo igualmente desagradable de salsa de barbacoa. Y de compostado. Y de chicle de canela. Una nariz tan abominable que no debí metérmelo en la boca, pero lo hice. Y es el tipo de acción que me hace frecuentemente pensar que soy o imbécil, o masoquista, o las dos cosas. Lo mismo, sobre un fondo de compota de ciruela. Plano, alcohólico y con todo lo malo que puede dar la madera mal empleada.

Hablando de madera mal empleada, el Fontalloro, Vino da Tavola di Toscana 1993 era todo roble secante. Lo que pudiera intuirse de sustancia frutal o mineral detrás parecía gemir desesperadamente desde el fondo de una cueva de la que no saldría jamás. Seco. Moribundo. Doloroso de beber.

Ya se imaginarán el vertiginoso declive en que entró mi disfrute sensorial con eso delante. Si no pueden imaginárselo, les diré que el Bodegas Roda, Roda, Rioja 2002 lo ví como un rayito de sol rompiendo las tinieblas. Ya en el pasado he hecho la controversialísima declaración de que éste es probablemente mi vino favorito de esa bodega riojana, lo que a sus productores y mercadeadores de seguro no les gusta mucho. Pero bueno, así soy.

Un rioja moderno que demuestra cuerpo esbelto, erquido y elegante. Se le siente su madera, sí, pero la fruta y el resto de la estructura hacen lo suyo porque el protagonismo se comparta equitativamente. Equilibrado y refrescante. Quizás lo que más lo marca como rioja modernazo es un golpe de hinojo que reverbera desde la primera olida hasta el posgusto.

Me pasaron un St. Innocent, Pinot Noir “Freedom Hill”, Willamette Valley, Oregon 1999. Ahumado, un amasijo de madera y roble en el que cuesta trabajo hallar mucho encanto. Me late que aquí pudo haber un pinot noir amplio, rusticón y no particularmente especial, pero bebible. Lo que me lo hace ofensivo por la forma tan fea en que lo ahoga es el lastre maderero.

Creo que cayeron un par de botellas más. Hubo algo de discusión acerca de cuán acidificado venía un pinot noir de Eyrie Vineyards y acerca del cabernet californiano que embotella el tío de uno de los presentes 9que no estaba del todo mal, a decir verdad). La última nota que tomé tiene un lamparón de grasa, pues dejé caer la libreta sobre el plato que un rato antes contuviera una portentosa ración de vaca frita. La nota es del Quivira, Grenache “Dry Creek Ranch˜, Dry Creek Valley, California 2006. Aunque el “vino” al que se refiere es francamente abominable, me provoca un cierto enternecimiento por haberme provocado prosa que me recuerda a F. T. Marinetti. Puse: “Como una farmacia que acaba de sodomizar a una estación de combustible brasilera”.

No me pidan que les explique más allá del etanol, por favor.

Cuando llegué al hotel, Josie me preguntó cómo habá terminado la cosa.

“Pues más o menos como la dejaste”, le dije.

“¡Qué caos!”, replicó ella.

“Sí. Pero la pasé bien”, dije yo, antes de meterme el cepillo de dientes a la boca.

→ No hay comentariosCategorías: Viajes
Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , ,

En casa, de vacaciones 1: Sichuan y jereces con el Profesor Barquín

Noviembre 19, 2008 · 17 comentarios

Me siento obligado a declarar inequívocamente algo muy obvio: Esto de la interné es una maravilla.

Lo digo porque, como motor para la interacción social, ha abierto maravillosos horizontes en mi vida. Indiscutible que tenga sus defectos, sus pegas hiperdiscursivas y sus millones de posibilidades de perversión, pero a la vez me ha sido una herramienta incomparable para la creación de amistades basadas en puras afinidades electivas. Como debe ser. Conversar sobre vino en este extraño y eternamente mutante éter me ha unido a esa gente. Algunos, inclusive, han roto el estatus “virtual” de la red y se han convertido en amigos de carne y hueso, gente con la que frecuentemente comparto y a la que profeso un auténtico afecto.  Para nada quiere eso decir que aquellos que no se han hecho aún una presencia de carne y hueso en mi vida sean menos. Con la misma fe les digo a ellos, que tienen tan fenomenal registro de pasión compartida conmigo, que son “queridos amigos”, aunque no sepa ni siquiera qué pinta tienen.

Pero hay algo muy especial en conocer a la persona con quien has compartido horas y horas de charla electrónica sobre vino y vida, sobre todo si hay bebienda de por medio. La persona adquiere dimensiones a las que, aunque las intuyeras “online”, probablemente no prestabas suficiente atención.

Tomemos el caso de Jesús Barquín. Es un personaje con quien llevo años intercambiando mensajes en foros de vino. Creo que nuestro primer encuentro fue cuando aún yo participaba en Elmundovino, en los comienzos de esa web. Es que el tiempo se va volando… En fin, que mis conversaciones con Jesús han sido siempre agradables, incluso cuando estábamos en radical desacuerdo. A lo largo de los años nos hemos mantenido en contacto y recordado constantemente que “hay que reunirse”. Eso lo tenía yo muy presente. Aparte de abogado y profesor de Derecho Criminal en Granada, Jesús se ha convertido para mí en una de las grandes autoridades sobre los vinos generosos andaluces. Leo siempre con entusiasmo y atención lo que escribe, sea en la red o en The World of Fine Wine, revista con la que colabora. Encima, es uno de esos enochalados que, para robarme una expresión muy a lo norteamericano, “puts his money where his mouth is”. Junto a Alvaro Girón y Eduardo Ojeda formó el Equipo Navazos, una misión de tres apasionados por los vinos de Jerez y Montilla que parece querer ahora convertirse en todo un mini-négoce (aparecen Jesús, Alvaro y Eduardo muy positivamente reseñados en un reciente especial e la revista Wine & Spirits titulado “Rebels Rock the Best in the World of Wine”). El Equipo Navazos, con su tremendo conocimiento de las bodegas de la región, localiza las mejores botas de vinos antiguos, las adquiere y embotella los vinos en tiradas muy limitadas. Así han ido presentando a España y al resto del mundo vinos interesantísimos; es algo que me produce una cierta envidia, el llevar una iniciativa así a su fruición. Yo, que hablo tanto de lo que debe ser “vino de verdad”, pero no me he atrevido a entrarle a lo que es hacerlo, o al menos seleccionarlo. Quizás algún día, si me siguen inspirando…

Jesús Barquin y este servidor de ustedes, al fin...

Jesús Barquín y este servidor de ustedes, al fin...

Pero por ahora eso es tangente: Jesús me anunció que venía para Nueva York, a ver si podíamos organizar algo. El inconveniente era que yo ya no vivo en esa ciudad, pero a Josie y a mí nos hacía falta irnos juntos de vacaciones. Desde hace dos años no nos dedicamos tiempo a nosotros, solitos, sin bebés, sin trabajo, sin estrés… Claro, hubiéramos preferido que la escapada fuese uno de nuestros noviembres europeos, pero había cierta ansiedad en lo de apartarnos de nuestros preciosos hijitos por primera vez. Decidimos que volveríamos por una semanita a la antigua casa, a los viejos amigos, al buen vivir desenfrenado de Manhattan. De paso, podría yo al fin conocer “en vivo y a todo color” a Jesús Barquín.

Y nada, hicimos planes para pasarnos del 5 al 12 de noviembre en Nueva York, pero luego surgió la hospitalización de mi hijo Julián. Por un momento parecía que Jesús y yo no estábamos destinados a encontrarnos esta vez, pues se habló muy en serio de la cancelación del viaje. Por si acaso, dije que no me esperasen, aunque me mantendría intentando.

Con riesling sobre la mesa...

Con riesling sobre la mesa...

Al final resultó que Julián se repuso, salió del hospital y volvió a casa. Las cosas parecían lo suficientemente estables como para que Josie y yo pudiésemos darnos el tan deseado viajecito, después de todo, poquito menos de una semana tarde y logrando al fin una reunión con el Profesor Barquín.

Ocurrió la misma noche que llegamos. Apenas habíamos dejado las maletas en el hotel cuando tuvimos que arrancar para el Grand Sichuan de Chelsea, sede de tanta orgía vínica pretérita. Aunque  Josie frecuentemente protesta por la forma en que doy prioridad a mis “reuniones técnicas” de enómanos, le estaba muy bien la selección de restaurante. Le encantan los soup dumplings (paquetitos de wontn al vapor rellenos de cerdo, cangrejo y caldo) de Grand Sichuan y los tenía en su lista de las cosas que más ha extrañado en Santo Domingo.

Eramos pocos, pues no es tanto mi poder de convocatoria que pueda sonsacar a media Manhattan un domingo por la noche: Brad Kane, el Dr. K., Josie y yo al inicio. Pronto llegó Jesús, un tipo altísimo y con un acento andaluz marcado, primo de mi propio acento cubano. Final e inesperadamente apareció Jayson Cohen, que venía de algo obviamente informal en su oficina. ¡Es que ser abogado en Nueva York es lo último! 24 horas del día, siete días a la semana… Al menos andaba de vaqueros, sudadera y gorra, en vez del habitual traje legal.
Las libaciones comenzaron prontito después de los saludos. Un Dönnhoff, Riesling Spätlese “Niederhäuser Hermannshöhle”, Nahe 1999 se presenta inicialmente muy apretado y penetrantemente pizarroso, con nervio que resulta casi eléctrico. Cítricos exóticos se van a esa nota de frutas rojas tan característica de los mejores vinos de este elaborador. Sasha identifica la nota como “cerezas al marrasquino” y acaba por sugestionarme irremediablemente. Un vino de dulzor medio; largo, complejo y sabroso, con muchas capas que se van revelando una tras otra según se airea.

Siguió un François Cotat, “La Grande Côte”, Chavignol, Sancerre 1999 de salvaje mineralidad, tras el tufillo sulfúrico que uno siempre espera en vinos de los Cotat. Las exquisitas pedradas que llovían sobre mi lengua dejaban impresiones palpitantes que mutaban de tiza a pedernal a caliza… Otro de fenomenal nervio, herbáceo, anisado y con excelente profundidad cítrica. Fresco y ligero, pero también largo y delicioso. Un vino con mucha garra.

Se sucedían los platos. Los famosos soup dumplings, luego el igualmente famoso pato ahumado al té y unas anguilas en salsa dulce, cerdo con vegetales del que hubo que advertir que evitásemos las “pequeñas granadas de mano” que son esas guindillas sichuan. Una sola te invalida la lengua la noche entera.

Jesús nos había traido dos vinos del Equipo Navazos que, he de decirlo, sustentaron mi hipótesis sobre la compatibilidad de los generosos andaluces con ciertas comidas asiáticas. Me queda pendiente aún el jeebus de sushi y jereces que siempre he querido montar, pero voy llegando a ideas sobre las interacciones de estos vinos con las umamieces de la mejor cocina sinoamericana. Empezamos por el Eqipo Navazos, “La Bota de Fino No. 15″, Jerez NV. Se nota de inmediato que no estamos hablando de un fino convencional. El color es mucho más dorado, más profundo. En nariz y boca se muestra opulento, hasta cremoso, almendrado, ahumado, mineral y con algo muy rico de limón en conserva. En este contexto de mayor cuerpo en torno a impecable estructura, la salinidad se hace más pronunciada e interesante.

Dos del Equipo Navazos

Dos del Equipo Navazos

Lo próximo fue el Equipo Navazos, “La Bota de Manzanilla Pasada No. 10″, Sanlúcar de Barrameda NV. Pura miel de acacias a mi nariz, con algo que me recuerda a botritis, pero que Jesús atribuye a la “flor gris” bajo la cual se cría este vino. Igual de cremosa que el anterior, pero, si se puede, aún más profunda y suculenta: Una manzanilla pasada francamente dramática. Mi favorita de la velada. Original y fascinante.

Kane nos había traido un vino del que llevaba rato protestando. No sé qué del color del Marcel Lapierre, Morgon 2007 y una “falta de fruta” en una añada donde debía haber, etc. Es que nuestro querido Brad es así. Le das vinos ligeritos y carentes de azúcar residual y pone el grito en el cielo; por eso no le hicimos mucho caso, atribuyendo la cosa a su habitual actitud… Pero en este caso algo de razón creo que llevaba. El color es, en efecto, sorprendentemente ligerito y traslúcido y, tras el golpe de

¿Alarmante ligereza?

¿Alarmante ligereza?

granito morgonesco, se siente el vino bastante descarnado y pachucho. Podría ser que esta botella cruzó el charco muy recientemente y se encuentra correspondientemente descojonada. Habrá que darle tiempo a otras, a ver si se recomponen con el reposo. No juzgaré finalmente, aunque fue un desencantillo.

Cabe aclarar que habíamos comenzado nuestra cena pasadas las nueve y que, al menos los domingos, los restaurantes tienden a cerrar temprano. Vimos a Grand Sichuan vaciarse rápidamente después de las diez y ya a las diez y media las camareras daban señas claras de que debíamos comenzar a pensar en irnos con la música a otra parte. Sólo quedaba tiempo para una última, del Valdespino, Oloroso “Don Gonzalo” VOS, Jerez. Potentísima nariz de caramelo, lilas, lavanda, cola (en el sentido de “Coca”, no de pegamento, y para nada negativamente), cera y tomillo seco, entre muchas otras cosas. Suculento y vivaz, con un bonito deje amargo en el paladar medio. Largo. Rico.

El Dr. K, Kane, Cohen y Barquin al final de la noche...

El Dr. K, Kane, Cohen y Barquín al final de la noche...

Estoy seguro de que, en otro día, en otro local y con más quórum, nos hubiesen dado las diez y las once y las doce y la una y las dos y las tres, pues la conversación fluía muy interesantemente y los amigos manhattanianos parecían estar adquiriendo rápidamente mucho interés por los vinos de Jerez y Montilla. Pero bueno, esta cena en Grand Sichuan fue un premio de consolación, una improvisación a la carrera tras la cancelación prematura de los planes originales. No puedo quejarme. Cuando nos despedimos de Jesús Barquín fuera del restaurante, todos fuimos muy sinceros en la intención de que se repita. Ya digo yo, quizás la próxima vez del otro lado del charco, en Jerez con jerez.

→ 17 comentariosCategorías: Viajes
Etiquetado: , , , , , ,

Elogio a una etiqueta manchada

Noviembre 8, 2008 · 17 comentarios

Sonrío al recordar un episodio de la previa encarnación de La otra botella: Algún indignado visitante a la sección de comentarios decía que qué tipo de “profesional del vino” era yo, que ponía fotos en mi blog de botellas con las etiquetas todas manchadas de vino tinto. Obviamente no sabía ni siquiera servir una botella formalmente para que la etiqueta quedase inmaculada, limpiecita y lista para coleccionar en álbum…

Recuerdo que le respondí que no era ningún profesional, sino un consumidor que servía el vino como me daba la gana, sin formalismos. Las botellas retratadas en el blog llevaban las marcas con que quedaran al final de sus vidas, tan sencillo como eso. Una lágrima de vino tinto maculando el blanco papel, si el vino había sido lubricante de una reunión de amigos, era y será siempre para mí una lágrima de felicidad.

Así la foto a la izquierda, de la más reciente en una secuencia de botellas del Abbazia di Novacella, Pinot Nero, Alto Adige 2006 que ha ido cayendo en casa. Ya, ya, otro de esta gente… Es que uno crea una cierta fidelidad a lo seguro cuando las alternativas resultan tan inatractivas como las que se me presentan a diario en Santo Domingo. Y este pinot noir es un tinto ligero, grácil y afrutado, limpio, con un bonito color granate traslúcido. Nariz varietalmente correcta, con toques florales y remolachescos sobre fruta roja. Suculento en boca, aunque un poquito corto. En el finalito hay un leve deje vegetal que me recuerda a semillas de apio y que, lejos de desagradar, añade interés.

¿Por qué traigo este vinito a colación? Pues resulta que , puesto aquí, viene costando el equivalente de US$23. Hace poco, esa cifra hubiese sido tildada por algunos en la industria como “modesta”. Los precios de vinitos básicos, los de diario, han ido subiendo y subiendo en los últimos años. No fueron pocas las veces en el último lustro que oí aquel sonsonete de “$20 is the new $10″. Insultante de sobra es eso, porque aunque los vendevinos de estos tiempos se han ido acostumbrando a pedir $20 como si fuesen $10, a mí me cuesta el mismo trabajo de siempre ganarme esos $20 y tiendo a querer sacarles el jugo.

No digamos nada de la cantidad de vinos caros que hay hoy día. Estaba yo viendo una reciente edición especial de Wine & Spirits que trata de “Los Rebeldes del Vino” y del nuevo auge comercial del vino natural y biodinámico. Da, como es de esperarse, una listica de “Lo mejor”en naturales y bio. Lo curioso es que la lista está poblada por vinos de $30, $40, $50 ó $100. Así, como si nada.

Es que tras par de décadas de oir a una caterva de sinvergüenzas ufanarse de como han “democratizado” el vino, ahora nos encontramos que los precios son aristocráticos. O al menos son precios de ejecutivo con generosa cuenta de gastos de representación, vamos. Cualquier hijo de vecino, digamos, en algún lugar del Levante español, la Rioja, Toro, Napa o Mendoza se siente con el derecho de pedir una fortunita por X p Y enoproducto, declarando que es “premium” y contando cuentecitos de marketing.

Ya sé, parece medio turuleca por lo multidireccional esta entrada. Pero tiene su punto, se los aseguro. Es que limpiaba mi buzón de correo y dí con este artículo en Decanter.com: Aparentemente, las ventas de vinos “ultra” en subasta se han visto seriamente afectadas por la actual crisis económica mundial. Las principales casas de subastas se las están viendo feas para llegar tan sólo a alcanzar un porciento respetable de ventas. Ultimamente, cuando lo han logrado, ha sido raspadito, al o por debajo del precio de reserva.

Es que los tiempos estáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaannnnnnn…

Otra piececita en Decanter.com entra en detalle sobre el descotorre que experimentan ciertos vinos “super-super”en el Liv-Ex, ese índice especulatorio del mercado del vino que yo siempre me he encontrado tan ridículo como perturbador.

¿Motivará la crisis global a una rectificación severa en los precios del vino? ¿Se han acabado los tiempos de la enoexuberancia irracional? ¿Hemos llegado a un punto en el que lo que queremos es beber y no ostentar?

Preguntas que me hago en torno a una etiqueta manchada.

BUeno, amigos y amigas, me voy de vacaciones una semanita con mi mujer. No nos vamos muy lejos. Sólo a Nueva York a manchar etiquetas con amigos y a compartir un poco de nuestra nueva vida con aquel viejo entorno. No colgaré nada nuevo hasta mi regreso, aunque intentaré responder a cualquier comentario que se suscite. Sólo poniéndoles bajo aviso, para que no se me extrañen…

→ 17 comentariosCategorías: Uncategorized

¡Espufulaishon!

Noviembre 6, 2008 · 2 comentarios

Gracias al siempre informativo, divertido y edificante Dr. Vino llegué a este interesante artículo de John Mariani en Bloomberg.com. 

Es interesante como el mainstream norteamericano comienza a rebelarse contra lo que una vez bautizara yo como “vino esperpentificado”, buscando vanamente una traducción satisfactoria de ese término tan utilizado por mis afines del norte y por mí para definir precisamente todo lo que hay de malo en el mundo del vino hoy día: Spoofulation.

No sé si es que sigo inspirado por la victoria de Obama y el cambio político que promete, pero se me antoja que quizás haya algo análogo pasando en el mundo del vino. Llevamos muchos años ya con el mercado dominado por vinos manipulados para satisfacer a un determinado tipo de paladar primarista, fácilmente impresionable por lo aparatoso y dulce. Este producto enológico altamente procesado es a vino de verdad como las cuñitas de la Vaca Que Ríe son a un gran parmigiano reggiano, un vacherin mont d’or o un stilton de leche cruda. Difiero de Mariani en que lo de la globalización infantilizante del vino aplique solamente a tintos. Viene también de blanco. Y de rosado. Y ya parece ser la hora en que la rebelión contra ella, el reconocimiento de que vino es mucho más que eso.

Ya que estoy en lo de trazar analogías, quizás sea bueno pensar en estos lustros del auge del “vino-esperpento” como pensamos en los ocho años de George W. Bush. Ha sido una pesadilla. Pero por suerte comenzamos a remenearnos en la cama. Pronto despertaremos.

→ 2 comentariosCategorías: Crítica
Etiquetado: , ,

Más apuntes de la bebienda diaria

Noviembre 6, 2008 · No hay comentarios

Ya en algún momento de la otra vida de este blog me dediqué a rezongar por la selección de vinos que encontraba en las tiendas de mi nueva residencia, Santo Domingo. Claro, viniendo de aquella meca de los enómanos que es Manhattan, podía entenderse que me encontrase presa de un mono acojonante. La falta de vino de verdad me deprimía, no sabía lo que iba a hacer, bla, bla, bla…

Quizás sea la alegría residual por la elección de Barack Obama como presidente de EEUU, o que ya me voy aclimatando mejor a mi nueva vida, o algún ajuste sicoquímico de mi organismo, pero como que estoy últimamente dado a pillar ángulos que me hacen ver el vaso medio lleno.

Analizando bien mi situación actual, resulta que creo que estoy bebiendo de forma más cercana al promedio de los consumidores regulares de vino, lo que quizás dé para un más eficiente escrutinio de la Gran Industria del Vino. Como el vino natural y sin emperifollamiento puntista es la excepción aquí y estoy hasta el cogote metido en la norma, pues, a darle caña a la norma con verdadero conocimiento inmediato de causa y divertirnos, si posible, digo yo.

En ese rosadito y rubicundo espíritu, unas cuantas botellas abiertas en casa en fechas recientes…

Condes de Albarei, Albariño, Rías Baixas 2007: Erase una vez una época en la que uno podía contar con una abundancia de albariños de un perfil decididamente cítricoceánico, tan fresco como puro y auténtico. Erase una vez… Pero hoy por hoy algo así, cuando aparece, es otra excepción a una regla que me fastidia infinitamente. Es que tantos albariños de ahora son criaturas de tecnología y marketing… Al caso, éste COndes de Albarei. Una nariz de melocotón de lata conservado en néctar de piña Goya. Globular. Fofo. Aburridísimo. En el paladar medio se manifiesta buena acidez y hasta algo de arenoso, pero dado el patéticamente inestimulante contexto, poco importa.

Abbazia di Novacella, Müller-Thurgau, Alto Adige 2007: Y aquí un opuesto polar al Condes de Albarei. Ya se dirán ustedes que estoy bebiendo mucho de esta bodega más septentrional de Italia. Pues sí. Es que aquí, cuando uno se encuentra algo bueno en donde algún importador, hay que echarle mano y consumir mientras lo sigan trayendo. Es más, se siente uno en la obligación de consumir en cantidad precisamente para que vendan y lo sigan trayendo… Un blanco sencillo de aromas cítricos muy limpios y fina mineralidad. Juguetea entre piña verde y limón dulce, con un asuntillo vegetal que me recuerda a hojas de tomate entrometiéndose y llamando la atención. En boca es pura mordida cítrica al entrar, seguida por una oleada mineral-textural de grano fino. Bastante largo, aunque simple. Muy bueno para acompañar la ensaladacon mariscos  que cenamos.

Pazo Pondal, Albariño, Rías Baixas 2006: Un golpe sulfúrico en la nariz es lo primero. Luego, dejando el vino al aire, surgen aromas playeritos, limoneros y cáscarademanzanescos. Un vinito sencillo, sanitario, con suficiente de frescura, si bien insuficiente de estímulo gustatorio. Olvidable.

Marqués de la Concordia, Reserva, Rioja 2003: Si llego a mirar la contraetiqueta, jamás lo hubiese comprado. 2003. 100% tempranillo. Envejecido en barricas nuevas. Coño. El aburrimiento, sazonado con tablón y a la brasa. Como que estamos para esas cosas… Pero no salten a conclusiones. Meramente describo mi prejuiciado proceso mental al encontrarme en una tienda con semejante manifiesto en una contraetiqueta, En realidad el vino no está tan mal. La falta de profundidad del tempranillo monovarietal es obvia. Viene vestida de cuero, humo y especias. Aromas de cereza-frambuesa con aire rostizado y un ligero deje compostado. En boca el vino tiene buen peso, aunque resulta plano y sobrepulido. Al final se va a cítrico en un amago de aligerar y tener gracia, pero el todo es demasiado aburrido y al final el toque se queda sin tener mayor consecuencia. Posgusto corto con taninos secantes y un golpe de calor.

Bernard Baudry, Rosé, Chinon 2007: Una botella que le traje a Josie, recordando en mi último viaje a Nueva York que la selección de rosados disponible en Santo Domingo es verdaderamente terrible, no incluyendo casi ningún producto ni remotamente potable (¿En qué cabeza cabe tanto White Zinfandel? ¡Es el 2008, rediós, no 1986!) Había buena bresaola en el deli y buena rúcola en lo de los vegetales, o sea que una ensalada no nos la quitaba nadie. El color de esto es un bello fresa-asalmonado. La nariz está hecha de susurros de té verde, pimienta blanca, agua de rosas, azahar, sandía y manzana verde sobre un exquisito fondo calcáreo. En boca se mueve como una brisa, deliciosamente delicado, pero sin perder precisión en sus deleites. Y la cosa es que algo tan ligero al tacto posee un cuerpo firme y tenso… Agua de lluvia, melón, mandarina, fresa, manzana verde y cítricos con mineralidad que torna inesperadamente hacia lo marino y te electriza la lengua. Final largo, de una pureza preciosa. Que algo tan sutil en su trato como este vino sea a la vez tan sinestéticamente evocador es para mí una maravilla.

Bueno, todo por el momento. Este fin de semana parto en unas pequeñas vacaciones con Josie, nuestras primeras desde que somos padres y la primera separación de nuestros adorados bebés. ¿Adónde decidimos ir? Pues, de vuelta a casa, a Nueva York. Es que nos llama.

→ No hay comentariosCategorías: Bebienda doméstica · Uncategorized
Etiquetado: , , , , , ,

Orgullo. Esperanza. Alegría.

Noviembre 5, 2008 · 9 comentarios

En los ocho años que ha durado la pesadilla que decididamente ha sido el gobierno de George W. Bush llegué a sentirme abochornado por ser ciudadano de los Estados Unidos. Abochornado al no sentirme ni remotamente inclinado a justificar lo injustificable: Una guerra absurda, una política económica únicamente conducente a la catástrofe, un perfecto cretino como “líder…”  Hablar de “haber perdido la fe” se queda muy corto. Se me caía la cara de vergüenza.

Pero anoche cambió todo.

Creo fielmente que la victoria de Barack Obama en las elecciones presidenciales norteamericanas va mucho más allá de la inclinación política del Presidente Electo. Motivo de inmenso orgullo para mí es que al fin el pueblo norteamericano haya sido capaz de entrar en una nueva era posracialista. Los norteamericanos votaron masivamente y votaron al fin votaron con conciencia lógica, en vez de con los imbéciles dogmas partidistas del pasado. El candidato hizo una campaña impecable. Y el ahora Presidente un hombre brillante a quien podremos evaluar no por el color de su piel, sino por sus hechos.

Por mis hijos polirraciales, me alegro ahora, con el mundo entero, por esta renovada nación de la que somos ciudadanos, de la cual ellos y millones como ellos serán herederos. Estoy orgulloso.

Cayeron anteayer por aquí unos amigos de mis padres que estaban en una especie de pánico. Venían ansiosos porque un negro podía convertirse en Presidente de los Estados Unidos. Venían ansiosos porque Obama tenía todas las trazas de ser “marxista”(yo les repliqué que su culpa es por asociación, seguro, asesorado como anda por notorios comunistas como Warren Buffett). Sus miedos venían empacaditos en la peor retórica de la campaña de McCain y Palin. Estaban preparados, a todas luces, para venirse al exilio en Punta Cana de ocurrir el desastre que aseguraban vendría.

Hoy se levantaron y no se había caido el cielo. CNN da las noticias como cualquier día. El mundo se regocija al sentir la potente corriente de cambio en los Estados Unidos. De repente, todo el discurso racial, toda la xenofobia, la plepla paniquera sobre que si “socialismo” y “redistribución de la riqueza” parece obsoleta, ridícula, digna del basurero de la historia.

Hoy todo es promesa. Orgullo. Esperanza. Alegría. Hoy, misteriosamente, estamos muchos en este mundo llenos de una tremenda energía. Todo es posible, amigos. Todo es posible. Reconoce uno que el mundo vive tiempos difíciles y que se requerirá sacrificio y gran esfuerzo para superarlos. Pero también reconoce que tal sacrificio y esfuerzo bien puede valer la pena.

Ese “Terre de Vertus” de Larmandier-Bernier está en la nevera. Esta noche celebramos.

→ 9 comentariosCategorías: Uncategorized

Nuevas aventuras: Un grupito de cata en Santo Domingo

Noviembre 4, 2008 · 6 comentarios

Lunes en la tardecita. Después de comer pondero el regreso a una oficina que lleva como una semana haciéndome la vida imposible. Encima de tener a mis bebés enfermitos, tenía la computadora principal en el trabajo vuelta un ocho y a personal técnico incapaz de resolver el problema. Al final, el “remedio” que puso en marcha el personaje a cargo del fiasco fue mucho peor que el mal original y me dejó informáticamente sordo, ciego y mudo durante días.

O sea, andaba algo desconectado, pudiendo solamente ver mi correo en el Blackberry. Pero ya la cosa se va resolviendo y hoy puedo intentar colgar algo aquí.

Chequeando las estadísticas del blog me encontré con un enlace entrante que me estaba dando a cada dos por tres un puñadito de visitas. Pinché y me llevó a un artículo de Patricio Tapia en su genial portal de vinos chilenos, Planeta Vino. Debo agradecer a Patricio esas palabras de admiración y aliento que me dedica. Hago lo que puedo acá. Bueno y como manifiesta deseos de conocerme ën vivo”, pues, le anuncio que bien pronto estaré de visita en Nueva York, o sea que, Patricio, si por allá andas en noviembre, quedamos.

Es que se siente uno alentado cuando le atribuyen tal puntadelanzismo. Yo meramente me siento a contar mis impresiones sobre una cultura que me apasiona. Esto es lo que sale.

Tomemos el caso de algo que dice Patricio de mi estatus actual, que estoy un poco “”apestado”por la falta de disponibilidad en Santo Domingo del tipo de vino que me hace vibrar. Definitivamente, esto no es Manhattan, el paraiso terrenal de todo practicante vínico de la perversidad polimorfa. Pero Nueva York me queda a escasas tres horas, por lo que puedo ponerme al día y deleitarme con relativa frecuencia. Además, aquí aparecen sus cositas, excepciones a la regla de mercado, que se dejan beber sin problemas.

Lo que me ha tenido entre curioso y perturbado últimamente no ha sido la antedicha falta de disponibilidad de grandes cantidades de vino de verdad. He estado observando las circunstancias de la afición local al vino y he encontrado otras cosas que me resultan problemáticas. Por ejemplo, está el claro machocentrismo de las catas y otros eventos que se celebran en Santo Domingo en torno al vino. No que no incluyan mujeres, pero su número es pequeñito y no se hace sentir su opinión. En algunos casos he llegado a pensar que ënófilo”es solamente masculino, siendo el contingente femenino que bebe vino acá relegado al mero consumo casual.

Ya se imaginarán que yo protesto, tomándome igualmente en serio los tres componentes de aquello de “música, mujeres y vino”. No es que no me haya encontrado el mismo machocentrismo en otros lugares. Lo ví mucho cuando vivía en Puerto Rico, e incluso en Manhattan, donde, hay que decirlo, las enochaladas en mi círculo eran más bien pocas.

¿Por qué se dará esto? Es la pregunta del millón.

Otra cosa que no puedo evitar observar, en el medio enomachocéntrïco caribeño, es la propensidad a consumir mucho tinto de puntos, con acento doble, en “tinto” y en “puntos”. Fluye poco el blanco y la conversación sobre los tintos descorchados tiende demasiadas veces a incluir tal o cual puntuación de las principales revistas norteamericanas de vino. Gran amante de grandes blancos como soy, y encima alérgico a los puntos, podrá entenderse el trabajo que me cuesta adaptarme a algo así. Lo intento, pero no puedo evitar también intentar ser especie de agente de cambio.

Ahí es donde viene a escena una nueva amiga que tenemos Josie y yo. La conocí cuando le mandé un e-mail cuestionando algo en el contenido de una revista de vinos que editaba. Por el título de la revista, El enófilo, había asumido (estúpidamente, lo confieso) que quien respondería sería un hombre, pero me sorprendí cuando quien me contestó fue Elizabeth Peña. Entablamos una abundante correspondencia sobre el vino en República Dominicana y nos reunimos alguna vez para cenar y probar algunos vinitos. Creo que eso ya lo conté en otra parte.

Pues con Elizabeth y Josie comencé yo a hablar de una idea que tenía: Quería formar un grupo de cata y beba que se reuniese periódicamente para explorar cosas nuevas del mundo del vino; pero sobre todo, quería que fuese un grupo mixto en términos de incluir masculino y femenino a todos los niveles de conocimiento sobre vino. Disfrutar de buenos vinos, aprender y reirnos un poco, tal es la base de la que pretendía yo partir.

Inicialmente lanzamos una convocatoria modesta. Queríamos seis u ocho personas en la mesa, número que luego podríamos ir ampliando. Nos pusimos a organizar y la primera reunión fue en Porterhouse, un restaurante que, por casualidad, queda justo al lado de mi oficina. Estábamos ahí Elizabeth, Josie y este servidor de ustedes, junto a José Antonio Alvarez y su esposa Cecilia y Avelino Rodríguez. No nos habíamos asignado ningún tema en particular, pues en realidad era cosa de tantear nuestras preferencias en cuanto a vino esta primera velada. Cada quien trajo algo que le gustaba, o que quería probar en compañía.

Empezamos con el Josef Leitz, Riesling “Eins-Zwei-Dry”, Rheingau 2007, una botella que tenía yo guardada desde hacía unos meses. Este vino, según cuenta el catálogo de Terry Theise, su importador a EEUU, proviene de viñedos Grosses Gewachs (el equivalente alemán del Grand Cru  francés), pero su elaborador no utiliza esa designación en la etiqueta, prefiriendo restarle pretenciones a este vino y vendiéndolo a un precio muy módico.

Impresionantemente mineral en la nariz y completamente seco en boca, esto es puro, fresco, directo y extra-crunchy. La fruta se trae una onda de mutabilidad que resulta muy interesante, oscilando en cuanto a aromas y sabores entre manzana verde, cítricos, cereza silvestre y madreselva. Largo, con acidez y mineralidad deliciosamente marcadas.

Yo me había traido otro blanco, por lo de ofrecer algo que me gusta. En este caso era un vino jovencísimo de los que me traje de Nueva York para reafirmarme en momentos en los que flaqueara mi voluntad de salir adelante en Santo Domingo. En previsión de lo cerrado que podría estar, decanté el Luneau-Papin, “‘L’ d’Or”, Muscadet-de-Sèvre-et-Maine-Sur-Lie 2005 varias horas antes de la cena. No me ayudó. Fue un infanticidio absoluto y, he de decirlo, el vino estaba más bien apestosillo en esta etapa torpe.

La mesa discutió brevemente si el aroma que subía de las copas era de cabrales o morbier. Yo decía que morbier… Detrás de ese tufillo, que nunca se fue, había algo muy bonito, marino, mineral y cremoso. Alguna vez Lyle Fass me describió esto como “una gran champaña de blancas, sin burbujas” y puedo ver por que. Un muscadet opulento, profundo. Lástima la pestecita. Creo que será mejor revisitarlo en una década y ver si se le pasa.

Elizabeth nos trajo un Trimbach, Gewurztraminer “Cuvée des Seigneurs de Ribeaupierre”, Alsace 2000 que estaba sorprendentemente recatado para el exuberante perfil normal de esta cuvée. Un gewurz muy elegante, con sus aromas de litchi, piña verde, melocotón en almíbar y jabón expresándose en tono mesurado, pero claramente interpretable. En boca es voluptuoso, pero sin pasarse, con un deje de azúcar residual, muy buena acidez y mineralidad. Largo y muy buen acompañante para el chorizo a la parrilla que nos trajeron como parte de los entrantes. Lo más bonito que tiene es la ligereza de movimientos para un blanco amplio.

Pasamos a tintos. El primero fue un vino que me trajo una sonrisita perversa al cerebro. Hace unas semanas mi buen amigo Lyle Fass había redactado una implacable nota sobre la añada 1997 de esto mismo. Ahora tenía yo delante el Arnaldo Caprai, “25 Anni”, Sagrantino de Montefalco 2004. cortesía de Avelino, que quería catarlo por primera vez junto a nosotros.

Del 97 Lyle decía que debió ser mucho mejor en su juventud que lo que le tocó experimentar a él. Si el 2004 a sus cuatro años sirve como evidencia. este tratamiento hipermoderno de la sagrantino no resulta nada atractivo, aún joven. La nariz es de chocolate de leche, hinojo y cáscara de maní sobre mermelada de frutas negras con una rama más de hinojo metida en el medio por si la dosis inicial no resultó lo suficientemente agresiva y empalagosa. En boca es fofo, pesado,  caliente y con un alarmante hueco en el medio por el que se va cualquier esperanza de interés. Lo único que queda al final es alcohol y madera. La mesa fue unánime en su desaprobación.

Siguió otro italiano decididamente moderno, el Masciarelli, “Villa Gemma”, Montepulciano d’Abruzzo 2003, que creo que se benefició de venir después del Caprai, al menos en mi juicio. Mi nota es bastante benévola. DIce que es un montepulciano lamentablemente ahogado en madera nueva. Pero identificable. La fruta negra se trae un airecillo polvoriento, con notas especiadas y un deje de silla de montar sudada. Se le nota el 2003 en cuanto a redondez y un cierto carácter rostizado, lo que era casi inevitable. Una pena que hayan decidido ser tan absurdamente agresivos con la madera. El aspecto granuloso y secante del posgusto me lo hace francamente incómodo. Aún con un churrasco bien sazonado al lado, la madera en este vino exige protagonismo. Da qué pensar, eso. Me gustaría, en una ocasión futura, que este grupo probara algún montepulciano de Valentini o Emidio Pepe y lo comparase con esto, a ver…

Había una botella de aquel primer Terreus de Mariano García, el 96, sobre la mesa. Me provocaba mucha curiosidad, pues es un vino del que estuve conversando abundantemente con José Fuentes y Chris Fleming en Nueva York y que se me quedó pendiente probar allá para reportar sobre su progreso. Pero la botella estaba cerrada y, entre charla, otras botellas y risas, ya se nos había pasado la medianoche. Decidimos que debía quedar para una reunión futura. Abierta un rato y aireándose, eso sí, teníamos mi tercera aportación a la noche, el Sylvie Esmonin, “Clos Saint-Jacques”, Gevrey-Chambertin 1er Cru 2000. Pensé que si había un borgoña que servir para que luciera bien ahora mismo, sería un 2000. dada la cantidad de botellas altamente amigables de esa añada que he probado recientemente.

El viñedo de Clos Saint Jacques es literalmente el “patio” de casa de los Esmonin, pues colinda directamente con ella y la familia posee una parcela respetable del mismo. En las manos correctas, un Clos Saint Jacques puede ser un vino a la altura de un grand cru, más que un premier cru.  Sylvie Esmonin es para mí, de seguro, poseedora de un par de esas “manos correctas”. Aunque en sus otras cuvées usa menos roble nuevo, su Clos Saint-Jacques puede ver hasta un 75%. Pensé yo que, dado el perfil roblístico de la mayoría de los tintos que se beben en Santo Domingo, este bello borgoña no sería una ruptura con la familiaridad para la concurrencia. Ya habrá otro momento para introducirles a fenomenales tintos hechos prescindiendo de madera nueva. Pero por ahora…

Curiosamente, este Clos Saint-Jacques rompe parcialmente  con el patrón de accesibilidad de tantos tintos borgoñones del 2000. Carnoso, achocolatado y con notas inmediatas de sotobosque en una nariz donde domina fruta roja muy pura y perfectamente madura. Emergen y se esconden coquetamente acentos de violetas y especias exóticas. Digo lo de la accesibilidad porque es un vino tenso y tánico en su amabilidad. Se nota que su mejor momento de consumo está aún por venir. En boca es de cuerpo medio, con excelente intensidad frutal marcada por sutiles tonitos balsámicos que tiran or momentos hacia menta fresca. Posgusto largo, vivo y suculento. Los taninos aprietan lo suyo, pero es un placer beberlo. Creo que me quedan un par de botellas más. Ojalá.

A la una de la mañana salió nuestro grupito del restaurante. No nos fuimos a los excesos que acostumbraba yo en Nueva York, pero eso en realidad no es para todos los días, ni todo el mundo. Se había cumplido muy felizmente el cometido original y creo que las chicas se divirtieron igual que los chicos. Ibamos hablando de a quienes invitaríamos para la próxima y el tema que le pondriamos. La próxima. Eso promete. Intento evitar ciertos clichés hipercursis al agradecer el inicio de este nuevo capítulo, pero…

→ 6 comentariosCategorías: Uncategorized

¡Nos jodimos!

Octubre 31, 2008 · 11 comentarios

Primero que nada, quiero agradecer sinceramente a todos los amigos de este blog que me han mandado buenos deseos y palabras de aliento en los últimos días. Como dejé saber en un comentario a mi última entrada, mi hijito Julián estuvo hospitalizado un par de días con un problemita pulmonar que, por suerte, ya parece irse resolviendo. El bebo está en casa con nosotros, tan alegre y juguetón como siempre.

¡Pero vaya susto que hemos pasado!

Siendo el padrazo dedicado que soy, pasé largos ratos en aquella suite del hospital. Mientras Julián dormía me dedicaba a responder e-mail y a leer noticias en la red mediante mi nuevo supercomunicador intergaláctico Blackberry. El miércoles recibí este artículo de WebMD, un sitio de informaciones médicas que frecuento. Poco después, me llegaban otras versiones de la misma historia desde varios diarios ingleses. También, Ricardo Chávez me envió un enlace a la noticia en MSN Latina. Decanter.com, algo rezagada,  no vino a reportar la historia sino hasta hoy.

El conciso título de esta entrega resume precisamente las implicaciones de la noticia, de resultar 100% válidos los resultados del estudio del que trata.

Resulta que los doctores Declan P. Naughton y Andrea Petroczi, de la Kingston University en Londres realizaron un análisis de muestras de vinos blancos y tintos provenientes de 15 países y descubrieron entre las muestras provenientes de un buen número de países europeos la presencia de metales pesados como cobre, vanadio, manganeso, zinc y plomo, entre otros.

La alarma viene de que esos metales se encuentran presentes en niveles potencialmente tóxicos, aún con un consumo de vino moderadísimo. Beberse una sola copa cada día tendría suficiente toxicidad cumulativa para causar severos trastornos de salud con el paso de los años. Se habla de diabetes, mal de Parkinson, cáncer… A los que llevamos ya nuestros añitos bebiendo alguito más de una copita diaria, lo dicho, ¡nos jodimos!

Curioso resulta que el análisis de Naughton y Petroczi exonera a vinos de Brasil, Argentina e Italia, los cuales no presentaron los niveles tóxicos de metales pesados. Los peores países en cuanto al contenido de metales pesados en los vinos evaluados fueron Hungría, Eslovaquia, Francia, Austria y España.

Todavía tengo que indagar mucho más en cuanto a los pormenores de este estudio. Alguito he leido yo sobre la presencia de cantidades significativas de sulfato de cobre en vinos bajo tapón de rosca. Pero quisiera entender mejor como llegan todos estos metales pesados a los vinos analizados. ¿Un caso extremo de terroir perverso? ¿Una contaminación externa? ¿Y qué hacen en Brasil, Argentina e Italia de diferente para que los vinos no tengan esta potencial toxicidad? Además, me interesaría enterarme del tipo de vinos de los que estamos hablando, pues no me basta solamente con “blancos y tintos” como descripción. Culpar a naciones enteras por unas cuantas muestras de vino que permanecen anónimas es, en el mejor de los casos, un argumento dudoso si no hay una sustentación irrefutable de la generalización. Es que noto en la cobertura de prensa de este estudio un cierto sensacionalismo del que no puedo dejar de sospechar.

Yo me quedo aquí, pensando en no dejar de disfrutar del vino. Tarareo una tonadita de BranVan 3000 titulada “Montréal”", la que va:

One day God woke up on old Mount Royal,

just a dream of the human form;

threw stones and cans

and comic books  in a kettle

and you came out like a shining goddess,

Heavy Metal…

→ 11 comentariosCategorías: ¡Lo que hay que oir!
Etiquetado: , , , , , ,

Tres de CVNE y archivística…

Octubre 22, 2008 · 10 comentarios

Anoche anduve por la Cava Baja de Alvarez y Sánchez, aquí en Santo Domingo, para probar los reservas de CVNE junto a Víctor Urrutia y José Luis Ripa, vicepresidente ejecutivo el uno y director de exportación de la bodega el otro. A José Luis le conocía de antes. Una vez asistí a una cata-charla de vinos de CVNE y Contino que presidiera mi querido amigo Jesús Madrazo en Puerto Rico y en ella participó también José Luis. A víctor me lo encontraba por primera vez y la verdad es que me pareció un tipo muy interesante con el que he de charlar mucho más en el futuro.

Los presentados fueron tres vinos, comenzando por el CVNE, Reserva, Rioja 2004. No poca curiosidad sentí cuando Víctor se refirió a este vino como “un reserva moderno”. Amiga ha sido mi familia, parecería que desde siempre, de esto, otrora conocido cariñosamente como “CVNE 5to. Año” y si bien nunca he considerado los vinos de CVNE riojas clásicos en el más estricto sentido de la palabra, debo decir que arqueé una ceja ante esta abierta profesión de modernidad. Cosas mías…

El perfil es más o menos el mismo de siempre, aunque quizás con taninos de madera más evidentes y un tanto intrusivos en este momento. Hay buena viveza frutal y frescura en el paso de boca. Es en el posgusto donde la textura se hace un poquito granulosa y secante, pero no demasiado, por suerte. Funciona. Si el perfil le ha cambiado, no es que me vaya a molestar. Sigue siendo inmediatamente discernible como rioja y, sobre todo, pidiendo comida.

Luego probé el CVNE, “Viña Real” Reserva, Rioja 2001. Aquí, aunque se trata de un vino agradable y bien estructurado, me encontré con una pequeña duda en cuanto al perfil de sabores. Fruta negra con cuero y notas térreas. Hasta ahí, todo bien. Pero me falta algo tanto en el paso de boca como en la estructura profunda de este vino. Siento un ligero déficit de acidez y una falta de garra en los taninos que me preocupa un poco. Ademés, en el paladar medio la fruta se siente un poquito plana, falta de élan. No sé por qué, pero se me hace que el Viña Real va cada día más a tempranillo, dejando de lado otras variedades que fueran instrumentales a las cuvées que constituyeron los más fenomenales ejemplos de esta marca que probara yo en mi vida. Encima, añadiendo a la impresión de falta de energía, se siente aquí un cierto calor glicérico.

Siguió el CVNE, “Imperial” Reserva, Rioja 2004. Al igual que los dos anteriores, no me emocionó especialmente. Un Imperial sedoso, especiado y muy primario, con fruta negra bien madura y buen peso. Largo y cálido. Se deja beber amablemente ahora, pero creo que unos añitos más de botella le harían bien.

Dirán ustedes que mi nota es positiva, y en efecto, lo es. Entonces, ¿por qué declaro a la vez que no hubo particular emoción? Pues lo que me pasó aquí fue que no encontré ese duende que hace para mí un rioja extraordinario, esa tensión especial, ese garbo al moverse. Estos reservas de CVNE, todos de añadas alegadamente excepcionales, son vinos muy competentemente hechos a los que no les haría ascos jamás. Pero, recordando como me impresionaron cuando eran de la misma edad sus hermanos de añadas de los ochentas, no puedo evitar preguntarme si los vinos han cambiado, o si he cambiado yo.

Hablando de cambios, asistí a este evento sin mi siempre presente libretita negra. Tuve que ponerme astuto a la hora de tomar una “nota de cata” de los vinos. Me alegro de no haber tenido la libreta, pues se hubiera visto rara en una degustación que era mucho más social que técnica. Además, descubrí una ayuda de emergencia que sospecho se me hará muy valiosa en el futuro.

¿De qué se trata? ¿Cómo plasmó Camblor sus impresiones sobre estos tres CVNEs sin papel y pluma? ¡Pues llamándome a mí mismo y dejándome mensajes en el móvil!

No sé por qué no se me ocurrió antes. Si el móvil es cámara de fotos y video, calendario, receptor de mensajes de texto, teléfono y veinte cosas más, ¿qué le cuesta hacer de libreta de vez en cuando? Es menos conspicuo, si se va a tomar notas de voz, hacer una breve llamada por teléfono que sacar una de mis tantas grabadoritas digitales. Llamémosle una modesta eureka…

Durante este evento se suscitó un par de veces una pregunta interesante. Dos amigos de estas páginas querían saber si aún es posible ganar acceso al contenido viejo que gener entre enero del 2007 y finales de septiembre de este año, la versión anterior de La otra botella. La respuesta es afirmativa. Sencillamente hay que utilizar la vieja dirección. Gracias a la amabilidad de la gente de lomejordelvinoderioja.com, todo el material sigue ahí y el buscador funciona perfectamente. Hay un chino que se ha dedicado a dejar decenas de mensajes en las secciones de comentarios de muchos posts después de mi mudanza. No he quitado lo que puso. Está en chino. Igual me está mentando la madre o está haciendo una aportación valiosa sobre cualquiera de los temas que tanto nos apasionan. No sé. La cuestión es que el archivo de La otra botella está vivito y coleando, si se da el raro caso de que alguien lo necesite.

→ 10 comentariosCategorías: Cosas que me pasan
Etiquetado: , , , , , ,

Errores fatales y otras burradas

Octubre 20, 2008 · 8 comentarios

En un momento de tranquilidad el pasado fin de semana, me dediqué a ponerme al día en mis lecturas internéticas. Ojo, “ponerme al día” porque había dejado pasar cuatro o cinco días sin dedicar mis madrugadas a leer los blogs de amigos y los diversos sitios de noticias sobre vino y gastronomía que tiendo a frecuentar.

No sé por qué, me dió por leer sobre política norteamericana y la ya global crisis financiera. A veces me pongo en ésas.

Pues caí en una entrega del genial Wine Camp de Craig Camp sobre las (erróneas) valoraciones de cosechas y vinos hechas a través de los años por James Suckling, crítico de vinos italianos para el Wine Spectator . En esencia, Craig denuncia la proclividad del Sr. Suckling a sobrevalorar añadas que, en regiones otrora caracterizadas por vinos sutiles y elegantes como Piamonte y Toscana, dan vinos hipermaduros, ostentosos, de taninos acolchados y con el obligatorio embarricamiento francés que caracteriza la más moderna enomodernidad. Suckling le planta puntuaciones de 99 y 100 a cosechas como 1997 y 2000 en Piamonte y Montalcino, premiando la opulencia de los vinos por encima de su tipicidad, su compatibilidad con comida, su longevidad o su mera bebibilidad (esto en oposición a la desgraciada “catabilidad” que tienen tantos vinos hipertróficos hoy por hoy, los que catas in poderte beber más de un sorbo o dos). 

Craig alude a la forma en que Suckling y la publicación para la que trabaja parecerían penalizar la delicadeza en los vinos, recompensando con las más altas puntuaciones solamente lo grande y obvio, las supertetas por encima del carácter. También discute directamente como los elaboradores piamonteses habrán aceptado las valoraciones de Suckling en términos de puro marketing, para ayudarles a mover el vino, pero que no comparten esos juicios ni de lejitos, reconociendo que las añadas en cuestión tendrán sus virtudes, pero distan de la excelencia en términos tradicionales.

Donde esta excelente exposé me pierde es cuando Craig Camp insta al Wine Spectator a la autocrítica y la aún más importante autorrectificación.

¿Para qué? No vale la pena conceder a esa revista mayor valor o legitimidad, en términos de información verdaderamente usable para quienes de verdad sentimos pasión por el vino. Sus puntuaciones debemos tomárnoslas como lo que son, meras fabricaciones mercadológicas, y seguir de largo. Si nos cuesta creer que James Suckling no tenga ni puta idea, podemos ver de nuevo su momento en el film Mondovino y confirmar.

Craig, al final de su artículo, nos brinda un enlace a la “Carta abierta a los elaboradores italianos de vino” escrita por Tom Hyland en su interesantísima web Learn Italian Wine. Hyland también habla de las valoraciones de Suckling, pero llevando las cosas a un plano mucho más útil para nosotros, los consumidores que queremos verdadera diversidad y originalidad en nuestra experiencia vínica. En vez de pedir a Suckling y al Wine Spectator que reconsideren sus valoraciones de ciertas añadas y cierto tipo de vinos, insta a los elaboradores mismos a no caer en la trampa de hacer vino sólo para impresionar a un sector de la crítica. Porque al final de todo estamos hablando de eso: Un sector. Una voz en lo que debe ser una feliz discusión entre muchas voces distintas, todas con algo que aportar.

Hyland explica como muchos elaboradores italianos andan dedicados a producir vinos “como les gustan a los americanos”, o sea, rimbombantes, hipermaduros, siropescos, bajos en acidez, con taninos mullidos y con potente presencia de roble. Acto seguido, explica también que esta idea de “los americanos” es muy injusta y deja fuera a mucha gente con gustos diferentes. Hyland invita a estos vinateros a hacer vinos auténticos, asegurándoles que el mercado no es un monolito y hay gustos para todos los estilos. Hacer vino buscando puntos de Robert Parker o el Wine Spectator, considerando a estos representativos de la totalidad del mercado americano, es una idiotez de primer orden. Es, porque George W. Bush está en el poder y existe Sarah Palin, que es el W con moño y tetas, pensarse que eso es representativo de la totalidad de todos los norteamericanos.

O sea que vean ustedes como, saliéndome de la política gringa, vuelvo a caer en ella.

Ah, esta entrada quizás venga cociéndose en mi mente desde antes de leer a Craig Camp y Tom Hyland. La semana pasada me encontré con palabras ahora inmortales en el olimpo de la enoridiculez pos-posmoderna, emitidas (aunque en realidad se me ocurren otras designaciones más onomatopéyicas para la actividad que las produjo) por Ezio Rivello, ex-enólogo de Banfi y uno de los más vocales individuos en el escándalo del Brunello di Montalcino: “No se ganan 100 puntos del Wine Spectator usando sólo sangiovese”.

Es que algunos tienen una escala de prioridadessssssssssssssss…

Hablando de prioridades y en otro orden de ideas: El sábado me dí, navegando por YouTube, con una cosa feísima. Ya había leido las noticias sobre el pleito entre Prince y ese galáctico repositorio de videos. Prince pretendía prohibir el uso de sus videos y su imagen en YouTube, alegando “bastardeo” de su música. Al final lo que logró fue que se quitara el audio a todos los clips que incluyen música suya. O sea que nada de disfrutar videos de Prince en el tubo. Pero lo peor de todo es que Prince no se limitó a sus propias interpretaciones de las canciones de su autoría.

Iba yo en busca de la lindísima versión de “Starfish and Coffee” que hiciera Matt Nathanson y me encuentro que todos los videos vienen sin sonido. Busco otras versiones de canciones de Prince y la cosa es más extraña. Me encontré que el video “oficial” de “I Feel for You” por Chaka Khan (démosle la cara, esa canción es casi más de la fenomenal CHaka que de Prince) no tiene sonido. Sin embargo, dando un poco más de refinamiento a la cosa:

Igual pasa con “Nothing Compares 2 U” por Sinèad O’Connor. El video “oficial”, mudo. Pero…

Dos versiones magistrales de tremendas canciones. La “Starfish and Coffee” de Nathanson, si me creen, es lindísima. A mis hijitos les encanta y a mí me fascina cantársela. Pero video con sonido no hay. Por culpa de Prince y las locuras que le entran.

Esto de un artista al que hemos visto versionando cosas de otra gente muy frecuentemente. Incluso alguna vez, en la otra encarnación de este blog, apareció el pequeño genio llevando “While My Guitar Gently Weeps” a niveles que… Bueno, ustedes lo vieron. Prince rutinariamente hace versiones de canciones de James Brown, The Ohio Players, Led Zeppelin y un montón de gente más. Hace videos de concierto que incluyen esas versiones (por ejemplo, éste), pero no deja que otros artistas hagan lo propio con su música, aunque las versiones que hagan sean excelentes.

Me he declarado muchas veces “fan” de Prince, pero ahí me perdió. ¡Qué estupidez!

→ 8 comentariosCategorías: ¡Lo que hay que oir!
Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , ,